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CASA D E SÍRICO i aquel pueblo feliz y poderoso sabía embellecer hasta la muerte: el mausoleo del augustal Calyencio nos muestra sus magníficos relieves. No lejos se halla el tricliaio donde se celebraban los banquetes fúnebres y se emborrachaban los vivost honor de los muertos. Pasamos por las calles estrechas, y en ellas vemos cuan animado y risueño era el vivir entonces. Imposible parece que unas calles donde no hay nadie se conserve tanto ambiente de vida. Y, sin embargo, así es: las muestras, en que hay poca letra y muchas figuras, hablan pintorescamente: una cabra nos anuncia el despacho de leche: un gigantesco racimo que dos hombres llevan á hombros, nos indica la taberna. El boticario manifiesta su industria lo mismo que hoy, con la imagen de dos serpientes enlazadas á una pina ó bebiendo en una copa. 331 teatro trágico y el cómico se conservan casi lo mismo que estaban. Asimismo el templo de Isis, que ya fué destruido por la primera erupción del Vesubio en el año 63, y reconstruido svmtuosamente por el rico Pepídeo: y la casa de Pansa, hoy completamente restaurada, y de la cual un opulento yanqui hizo una copia perfecta y escrupulosísima que, sillar por sillar y columna por columna, se llevó á los Estados Unidos. Entrando en dicha casa, en la de Sírico, en la del Poeta trágico ó en la del Fauno danzante, llamada asi por la preciosa estatuita descubierta en ella, nos llena el ánimo la convicción de que era aquél un pueblo más grande y más culto que todos los modernos, digan lo que quieran los termómetros d é l a civilización. Salimos de Pompeya para volver á la vida actual, toda llena de fealdades y curserías, y nos sentimos tristes y melancólicos. Y la ciudad muerta nos parece más viva que las actuales. FOTS. ALFIEEI T LACROIS FUENTE cDEGLI SCIENZIATIí