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-Xo lo eutieudo, -munnviró la inoabita asombrada. -No lo podrías eiitendei. Te falta la luz del espíritu. -Y también les mahometanos, ¿por qué no os entregan ese lugar sagrado y venerable para vosotro. s? P a r a ellos nada significa. Si los riltimos nioabitas fuésemos dueños del sepulcro, lo pondríamos eu vuestras manos. Aunque no comprendo vuestro empeño, me es simpática vuestra condición, vuestro valor y vuestra locura. Y tú, guerrero franco, me eres ya querido: te siento en mis entrañas, te estimo como á l o s amuletos de mi garganta, -añadió misteriosamente Yeminá paseando la olorosa brisa de su aliento por la cabellera y las sienes del cruzado. ¡No quiero, no, que mueras! Sangre de mis propias venas te daría. Déjame volar en busca de socorro; déjame que te traiga á mis hermanos. Te cargarán sobre sus hombros, en andas de ramaje, y no sentirás ni que te transportan. Yo iré al lado, haciéndote fresco con una rama de cedro recién cortada y remojada en la fuente. Espera tranquilo, noble guerreío. El cruzado escuchaba y sonreía con desaliento: sus ojos de zafiro se nublaban, y el sol, á lo lejos, reverberando sobre la vasta llanura que de trecho en trecho sombreaban las palmeras de los oasis, le parecía lámpara negra sobre un lívido mar. Ya los ruidos de la tierra eran para él sordos y distantes, y sus manos se agarrotaban y encogían sin que lo advirtiese. Su cabeza, inerte, pesaba como plomo sobre las rodillas de la virgen. -No te vayas- -suplicó balbuciendo. -No me abandones; allá en mi patria, donde las praderías son siempre verdes y las ondas de los ríos bañan el pie de los castillos, me esperará mi madre y una gentil damisela que acaso me amaba... Si es cierto que tienes piedad de mí, que tu corazón se h a ablandado al ver mi desventura... Yeminá, en esta hora suprema... haz lo que harían por mí mi madre y mi dama. No me abandones. Que yo no muera solo. Yeminá, voy á cerrar los ojos otra vez... I,l égame tu seno, que oiga tu corazón. Eres buena, Yeminá. Eres buena... Llora, Yeminá, por mí... í í; í- 4 0 i 1 tJ íK. i- La xnoabita obedeció. No se acordaba de si la aguardaban en su hogar; no se acordaba de que el sol ascendía á su cénit; no se acordaba de nada en el mundo, sino de aquella compasión violenta y extraña, semejante á las pasiones. Se derretía su alma, de piedad y de dolor. Bajó la cabeza y m o j ó el rostro del agonizante, no ya con agua del cántaro, sino con sus lágrimas. Y á aquel rocío divmo, el cruzado abrió todavía las pupilas en que brillaba un consuelo, una centella de ventura... Al punto las cerró. Estremecimiento hondo recorrió su cuerpo y se comunicó al de la joven moabita. La cabeza del franco, desprendiéndose del regazo, se abatió al polvo, en la ligera convulsión del último suspn- o. DIBUJOS UE MÉNDEZ BRIXGA EMIW. PARDO BAZAN