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iescansar en. egazo de virgen la cabeza del heó que era un hombre joven, de coicciones color de cera, de guedeja r coágulos de sangre y polvo. I os ojos los teñía cerrados; la boca, entreabierta, respiraba débil y afanosamente. -Debe de ser un franco- -pensó Yeminá. -Los francos pasaron por aquí ayer. Iban derrotados, fugitivos, camino de Rabatsor. Este herido les estorbaría en su fuga... Del cántaro tomó agua en la palma de la niano, y separando los dientes blancos del caballero, lereírescó la boca y el paladar. Luego le bañó las sienes, las mejillas, los ojos; y desatando su pi opia faja de lino y empapándola, le lavó deficadamente los bucles rubios. Con precaución exquisita desabrochó el hebillaje de la malla, los botones del sayo interior, y descubrió la horrible herida, ancha, oblicua, de yatagán; la humedeció, juntó con los dedos sus bordes, la vendó desgarrando la faja, y cuando, terminada la cura, se fijó en el rostro del cruzado, vio que tenía los ojos abiertos. Eran azules, del obscuro azul del mar; expresaban una dulzura, una gratitud inmensa. Sonreían con lánguida sonrisa, y buscaban la mirada de Yeminá. Temblando de emoción, la moabita dijo al cruzado: -Quédate aquí un momento. Voy á mi aldea á avisar á los de mi tribu. Traerán parihuelas y te trasladaremos á nuestra casa. Allí acabaré de curarte. Conozco las hierbas dé viitud mágica y los cocimientos que despejan la calentura. Serás nuestro huésped, y serás sagrado. No te impacientes; volveré. -No te vayas- -contestó él en árabe igualmente. -Mi herida es mortal. Otro sorbo de agua, y tu regazo para el tíltimo instante, que se aproxima. Subyugada por aquel dominador acento, Yeminá volvió á sentarse en el suelo y á colocar coa precaución sobre sus rodillas la frente del herido. ¿Cómo te llamas? -murmuró él, en voz baja como un susurro. -Yeminá, -contestó ella, al oído del cruzado- ¿Eres hebrea? ¿Eres mahometana? -Moabita. ¿Idólatra? -Así dicen. Yo adoro á los antiguos dioses de mis padres y de mi pueblo. Ya somos muy pocos los de Moab. Hemos ido desapareciendo. Por eso no nos han exterminado. No valemos la pena. Y tú, caballero, ¿eres de los francos? -De ellos S 03 ¿A qué venís los francos aquí? -interrogó Yeminá, curiosamente. ¿Es cierto que llegáis de tan kjos y pasando tantas fatigas, á rescatar el lugar donde vuestro Profeta estuvo sepultada? -Sí, licn; osa virgen. Ese es el objeto de nuestra expedición.