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móbATi í Y E M I N Á la bella m o a- bita, regresaba del pozo de Ainath con su cántaro de barro rojo, airosamente sostenido en equilibrio sobre la gallarda cabeza, descubierta y protegida tan sólo por una especie d e ruedo de tela que servía al cántaro de asiento. Estaba Yeminá en lo mejor de sus años- -veinte veces había visto florecerías rosas, -y su andar, rápido y seguro, revelaba el vigor de la salud. Se apresuraba, porque no tardaría el sol en elevarse a l cénit, y la esperaban en su casa, impacientes por beber fresco, el abuelo, casi centenario; el padre; la madrastra, colérica y dura; los mediohermanillos, la familia, en fin. Hacía calor. Sobre lapiel, lustrosa y morena como la del dátil, de Yeminá, gotitas de sudor empezaban á deslizarse, evaporadas presto p o r una ligera brisa que ven í a del lago. Cuando cruzaba ante espinosos. eto de nopales, la moabita creyó escuchar u n ¡ay! Se detuvo; otro gemido casi imperceptiblela hizo rodear el seto, hasta encontrar á la persona que se quejaba así. Detrás de la maleza, á su sombra, sobre la hierba agostada, requemada, surcada por las. cien patas de las ponzoñosas e s c o l o p e n d r a s Yeminá vio á un hombre de cara contra el suelo. La malla, á trechos desgarrada; el casco caído; el fragmentode lanza astillado, destrozado, dijeron claramente á Yeminá quién, podía ser el moribundo. Era de esos hijos de la cruz, c u j os huesos blanqueaban en el valle de las Palmeras, y según referían los pastores nómadas, andaban sembrados por todas. las sendas de Palestina y marcaban rastros en la. planicie drenosa del desierto. Desde que habíandado los cruzados en caer á bandadas sobre E g i p to y Judea tratando de embestir á Salem, los cuervos, los buitres, los grajos pululaban é infestaban en sombríos remolinos el aire. ¡Uno más! -pensó Yeminá sin sorpresa, Posando el cántaro, inclinándose, con sus brazos robustos acostumbrados á la labor volvió el pesado cuerpo boca arriba. Al hacerlo, un hilo de sangre, fluyendo de la herida que el cruzado tenía en el p e d i o humedeció las manos y la túnica de lana azafrán de la piadosa moabita. Agachada y con las rodi-