Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
míL. y- 5 íK C tapia del jardín, como carcajada soez de algu: i que se mofase de la austeridad encerrada en aquellos muros. Escuchaban las monjas la música, deleite pioíano para sus oídos, con mezcla de goce y de terror, y cuando el alegre pasacalle se perdía á lo lejos, todas ellas se santiguaban en silencio, acusándose de algo pecaminoso, indigno de la santidad de aquel recinto. ni I TJn día de esos, después del primer rezo matinal, Sor María de la Visitación subió asustada desde el jardín, dando voces de asombro. ¿Qué pasa? -preguntó alarmadísima la superiora. -Bajen, bajen, hermanas, y verán el milagro. Toda la comunidad descendió presurosa, atropellada, por la estrecha escalera, y al salir al jardín quedó, en efecto, suspensa 3 admirada á ij ante el aspecto que ofrecían los dos cipreses. De copa á copa, formando caprichosa guirnalda, había sinnúmero de cintas rojas, blancas, verdes, amarillas y azules; otras rodeaban en espiral los puntiagudos árlDoles; y muchas, su- jetas sólo á las ramas por un extremo, flotaban sueltas, agitadas por el viento, flameando en vistoso desorden. Los dos árboles de la muerte, adornados con aquellas cintas multicolores, -parecían un arco triunfal erigido para una gentílica fiesta. Ignoraban las pobres monjas la nueva diversión de las serpentinas carnavalescas, aquel año introducida en España, y no podían darse cuenta de que, arrojadas desde las casas vecinas por cima de las tapias, habían llegado hasta los cipreses, enroscándose en ellos. ¿Qué será esto, Dios mío? -exclamaba una religiosa. -Indudablemente- -añadió otra, -alguien ha entrado en el jardín esta noche. -Hay que pedir auxilio, -decía atribulada la más vieja de la comunidad. -Quien ha hecho esa burla, bien puede cometer un ultraje. -Sí, sí, -gritaban todas con el terror pintado en sus pálidos rostros, que parecían de marfil en aquel momento. Sin perder tiempo, en apiñado grupo, como asustadas ovejuelas, fueron á consultar por el locutoriocon el capellán del convento, que, riéndose á carcajadas, les explicó el sorprendente adorno de los cipreses. Volvieron al jardín las monjas 3 a tranquilas, y cuando tina de ellas buscaba una escalera para llegar hasta lo alto de los árboles y despojarlos del profano adorno, la superiora, entre dos suspiros m u y hondos, la detuvo con estas palabras: -No, Sor Lucía; déjelo como está, que es muy liiido y no ofende á Dios. Eso es... la alegría que viene de fuera... MIGUEL RAÍMOS CARRION OIBUJOR DE REr. tDOR