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El jardín de las monjas i E N Í A el convento un jardincito que cuidaban las monjas, dedicando una parte al cultivo de algo más útil que las flores. En un recuadro orientado á Mediodía, sin árboles que le dieran sombra, según la estación, brotaban las trepadoras habichuelas, que se enlazaban á los cañizos plantados con irreprochable simetría, las pomposas lechugas, la rizada escarola ó la patata humilde, cuyas flores de rosado color, muy lindas, pero pálidas y s- n aroma, parecían la representación vegetal de aquellos otros seres que vivían d e n t r o del claustro. w! En aquel espacio destinado á huerta había todo el año hierbas para los guisos ó para la s salud, creciendo en útil comunidad el perejil y la hierbabuena, la luisa y la salvia. El jardín tenía varios árboles: arrimada á la tapia, como anciano que busca apoyo para no caer, una higuera secular, cuyos dobles frutos ponían las madres en almíbar, vendiéndolos á buen precio por su fama de sabrosos y dulces, extendía sus ramas retorcidas y fuertes hermoso pabellón de tupida hojarasca, apetecible por sil sombra para las siestas de verano. Próximos á la higuera se alzaban dos olmos, no más jóvenes que el añoso frutal, y separados de éstos, como esquivando su alegre compañía, erguíanse dos altísimos cipreses qvte señalando al finnamento, parecían decir á las monjas: Allí, sólo allí podréis encontrar la felicidad que no lograsteis en la tierra. Alrededor de aquellos únicos árboles del jardín crecían rosales que se cuajaban de flores encarnadas, blancas y amarillas, y, ocultas bajo tierra, multitud de cebollas de lirios y azucenas esperaban durante el invierno que llegase Mayo para ofrecer á la Virgen sus galas primorosas. La parta trasera del convento y una tapia de ba. stante elevación, coronada por agudos trozos de vidrio, en previ. sión de cualquier asalto, cercaban ei jardín, que no podía verse desde las casas inmediatas, todas de un solo piso. En aquel reducido espacio, embellecido por los árboles y las flores y esmeradamente cuidado, gozaban las monjas de apacible solaz, ya paseando por las estrechas calles, cubiertas de finísima arena, ya reposando en bancos rústicos, entregada. s á piadosas lecturas. J II Era el invierno, y la higuera y los olmos sin hojas elevaoan las desnudas y secas ramas, contrastando con los dos cipreses de perenne verdor, símbolo de la vida eterna. El Carnaval con sus gritos y sus risas de loco animaba las calles de la ciudad, y las comparsas estudiantiles regocijaban al vecindario. Los ecos de aquella alegría llegaban al convento y estimulaban á las religiosas al rezo, á la devoción y á la penitencia, más necesarios en días tan propicios para la perdición de las almas. El pasacalle de una estudiantina, con sus vibrantes notas de guitarras y bandurrias y el silbido armonioso de las flautas, se oía lejano; pero á veces acercábase poco á poco y llegaba á sonar junto á la