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C 0 MPR, 45O el píSC CUADROS M A D R I L E Ñ O S LA HORA DE LA COMPRA I f NA de las mayores desdiclias y de las más evidentes injusticias que en el mundo existen y con la que el Progreso acabará, es él sei- vicio domésticOj y del servicio doméstico la función más penosa es sin duda la de las cocineras. En ellas se muestran mejor que en nadie las grandes cualidades de nuestra calumniada raza: el sufrimiento y la paciencia, la conformidad estoica, la buena cara puesta á tiempo adverso. X a cocinera madrileña, como un pájaro, se pasa el día cantando en su jaula perdiendo la salud y derrochando los años de vida juvenil en un recinto por lo general estrecho, obscuro y maloliente. No son para ella, jamás los halagos con que las señoritas bien criadas suelen tratar á sus doncellas, ni las ventajas y gajecillos de que disfrutan los criados. A la cocinera la mandan todos, todos se quejan de ella... y sus únicos instantes de libertad y de alegría son la hora ó las horas de la compra. Esa hora ó esas horas resumen toda la vida espiritual de la pobre Menegilda: significan para ella todo cuanto los demás repartimos en el día entero, la sociedad y el trato con nuestros semejantes, el recreo y esparcimiento, el amor, la amistad... I, a cocinera (entiéndase la de cierto rumbo) va á la plaza del Carmen, á la de San Ildefonso ó á la de San Miguel, picotea aquí y allá como avecilla caprichosa en los puestos de verduras y de fruta, se deja querer de las placeras y de los verduleros, examina con ojos suspicaces la caza, huele, palpa, discute. Con el pescadero entabla á lo mejor una polémica digna de la sección de Ciencias naturales del Ateneo acerca de la calidad de un salmón ó de tma lubina. Con el carnicero las discusiones suelen ser más apasionadas y personales, y no es raro que los rasgos de elocuencia empleados en pro de unas chuletas ó de un solomillo concluyan con requerimientos amorosos y ¿onestos. Raro es el carnicero que no acaba por sacar de la esclavitud doméstica á la interesante Menegilda. rOTS. ALONSO J pUl. Rtl í uii