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nir de aquella isla convertida en puerto franco, y la sabia organización que Inglaterra da siempre á todas sus colonias y factorías operó el milagro de convertir á Singapur en magnífica y fantástica ciudad. El puerto franco de Singapur (Singha- pur: ciudad del león) es uno de los más productivos del mundo. Bs u n abra extensa y magnífica, poblada en todo tiempo de barcos pertenecientes á todas las nacionalidades y procedentes de todos los países del globo. I a población es de lo más abigarrado y heteróclito que puede verse. Sus habitantes asiáticos son chinos, malayos, javaneses, y también admirables indios altamente decorativos, pausados árabes, amarillos indochinos y siameses de color de aceituna ó de fango. Dividida la población en barrios, cada raza habita el suyo, lo cual permite al viajero formarse idea de la arquitectura, la indumentaria, los usos, costumbres é idioma de seis ó siete naciones ó razas distintas, sin más trabajo que el de darse u n paseíto. Claro está que en la geileral y extraña algarabía y mescolanza de nombres, cosas y personas domina la nota británica. Pero, de todos modos, h a y barrios en Singapur que tienen carácter propio y raro, como el barrio de los zapateros y sastres chinos; hay también una calle ocupada casi exclusivamente por los mercaderes de opio, y se dice que pasan de quinientos los fumaderos ó establecimientos dedicados, con mayor ó menor publicidad, á que se envenene la gente; y hasta aseguran autoridades muy respetables que son muchas las personas que han perdido el barco por quedarse en cualquier tabuco de Singapur echando una pipa, complicación que debe de resultar, á la verdad, bastante desagradable, á más de costosa. El comercio del opio, el de las especias, pimienta, canela, etc. y el de las maderas preciosas de Malaca, son el fondo de la riqueza de Singapur; pero lo que ha creado y engrandecido á esta ciudad es su posición geográfica, su calidad de puerto franco... y la protección de los inglese.