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f f. t- 4 f- i í 3 T r í í f. aber que sus amigos y conipañeros de trabajo c o r r e n que vuelan por esos riscales de Dios y á punta de vara. A esta evocación del mal trato que llevarían las bestias, toda la familia volvió á su llanto y lamentación, como si en las propias carnes lo recibiesen. AZ UT q S J q e la casa está más que mirada y remirada- prosiguió el compadre, -no hay que d o n n i s e y mientras los del tricornio van por ahí, vamonos por allá secretamente, acompañados de os dineros que sean menester, el compadre Juanón y yo, acomodados en el iaco husmeando hacia la s e ú n ssu l conveniencia. o s tiran para Portugal, y de ahí repasan el ¿enero I s f punto y a. v u, y saz óS según pecadora l- d- a dn i í r la. albarda en el jaco el dinero y provisiones en la alforja, la alforja en la albartllZTr. i dirección de la frontera, por veredas y caminos. mdagando con lengua prudente y ojo perspicaz lo que á los fines de su negocio interesaba. n u t t o M of, H f TM f TM- 5 P q P es partes rodeaba á un pueblo, y al n H compadre Antonmo lo marco por evidente refugio de contrabandistas, cuatreros y gente que esnl n r h n w r Justicia, y con esto más, se le puso en el corazón entrarse por a q u e l l a s s pesas arboledas a caza de algún eficaz mdicio que les pusiera sobre la pista h. rln- á? w f 1 T l J t á a fuentecica que salía de entre unos juncos, hallaron tumbado a la bartola a dos prójimos sospechosos. El compadre Antonino dióle un codazo en el mismo estomago a Juanon, como diciendole: Ojo al Cristo, que estos pajarracos algo nos podrán decir Echaron pie a tierra con un ¡Dios guarde á la buena gente! salieron petacas con que mutuamente se obsequiaron, y de unas en otras vinieron á decir los caballeros del bosque que si les pTrec a ecor dar que una niula y un macho de tales y tales señas, revueltos entre otras diez ó doce, habían pasado por la era del Duende dos días antes... Por cierto que ellos quisieron parar la recua para hacer t r a t o que a esto se dedicaban- -y el no pararse los conductores les dio olor de o- atuperio A Juanon se le llenaron de a g ú a l o s ojos al tierno recuerdo de sus queridas bestias, que ahora padecían el rigor de ajenas y brutales manos, y á trueque de saber más pegó la hebra, y tras del cigarro ino la merienda y el trago, y a poco no parecía sino que unos y otros se sabían las vidas de memoria Eos peatones andaban a caza de buenas bestias que comprar, p o r q u e- y esto lo dijeron muy en sec r e t o- c o n la gran saca que había habido para las guerras que medio mundo tenía con el otro medio las bestias estaban mas cara. s que los hombres. Ellos compraban y revendían, y si entonces les co -ían a pie, es porque aquella mañana enviaron la última remesa hacia Alconchel, y en el vecino pueblo encontrarían repuesto, que era gente sana, labradora y poco enterada de los precios corrientes l os dos compadres alabaron la viveza y buen vivir de sus recientes conocidos, y del todo se rindieron ai ver como el uno de ellos desliábase al descuido un cinto verde, gordo como morcón en las puntas, en que cabía buena porción de reales, mientras el otro examinaba los cascos y miraba la boca aeijaco con no afectada atención de inteligente. Encendióse la codicia de Juanón á la vista del negocio, y dijo, asi como quien no quiere la cosa: ¿Alira usted si ha cerrado? Medio año hace que cerró, y bestia como esa no la tiene el obisno- ¿Ea vendería usted, buen amigo?