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cilio enteco y caído, una cabeza de globo de extraordinario desarrollo craneano, y allá arriba, bajo la bóveda, la lucecita del cerebro, única cosa brillante de su ser, alimentada, eso sí, con un triste aceite que huía en cambio del resto de su org- anismo. Laborioso y tenaz como criatura precoz, sabíase sin punto la asignatura y era quizás el único que no temía la prueba de curso. Sobresaliente fijo. A las nueve de aquella mañana memorable, vestidito con su humilde ropa de domingo, esperaba á sus colegas de examen en la desmantelada clase, una pieza innoble, con el papel desgarrado, los ladrillos tecleando y dos vidrios rotos, digno albergue de la mesa sin barniz, los bancos cojos y el encerado abierto con una enorme herida. Tres compañeros faltaban. Dos llegaron pronto, con su pinta de hijos de menestrales. Sólo falta el tercero: el niño rico. ¡Ah! Ese podía retrasarse. No había miedo de que el director le arguyera. Para él no regían horas ni se sostenían castigos. Bra el amo del colegio, un amito loco, travieso, insolente, endiosado de su predominio, sintiéndose déspota únicamente por la comparación entre los delantales de percal de sus condiscípulos y sus ropas de lana inglesa. Cuanto á estudiar, cero. Inteligencia, corriente. Repiqueteó la campanilla con violencia. Tiraba un puño imperioso. La misma esposa del director, dulce y sumisa siempre, con su aire triste acudió á abrir. Aquí estaba ya el niño rico. La levita docente 3 el pantalón didáctico aso- maron en la clase. En marcha con los chicos. Y al salir, la última confidencia del pánico acerca del estudiante adinerado. ¡Tengo miedo! Ko sabe más que para escapar del apuro. ¡Oh, si lo suspendieran! IV ¡Si lo suspendieran! La directora, la pobre criatura unida por el amor á la desgracia del licenciado es. letras, tan bueno, tan culto y tan infeliz, la paciente mujer que sufre á su lado ayudándole á llevar la ruz, se estremece de espanto ante la idea de que suspendieran al niño rico. Todos los demás alumnos, lina docena de chicos de tenderos ínfimos, de empleados de poco sueldo, pagan mal, cuando pagan; no hay uno que no deba. Milagrosamente se sostiene el colegio, pero sin poder reponer un mueble, destrozado todo, hecho un puro pingo. Aquel niño acomodado, que por obra de la casualidad, no por mano de Dios, asiste á clase, es el único ingreso positivo. No sólo ha detenido la catástrofe, sino que con sus insolencias y sus desaplicaciones comen. Por fortuna, empieza el bachillerato; pero si saliera mal, ¡Dios mío! tal vez se lo llevaran á otra parte. Hundida en un butacón que deja escapar el pelote por un boquete, cuenta anhelante las horas. Una idea le trae otra. Su pobre hijo, que también se examina. ¡Tan aplicadito é inteligente! ¡Es la única compensación en su desgracia! V- ¿Qué? -pregunta con ansia á su marido al verle entrar pálido, con un supremo dolor en el semblante- -No, nada. Tranquilízate- -la responde apenas sin voz. -Sobresaliente. ¿Sobresaliente? Sí, tuvo una suerte loca. Le salieron lecciones que sabía, sin punto. Pero no piído lograr dos notas en una clase tan reducida. Y para dársele á él, que es el pan, la dura vida... ¡Ahí está ante su madre el niño precoz, que aún trae dos lágrimas mudas en sus ojos! Iva madre le estrecha llorando contra su pecho. ¡Pobre hijo mío! ALFONSO PÉREZ NII- VA U B U J 0 6 D E J. FRANCÉS