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R U A N D O el piiiuer día de clase se vio el pobre licenciado en la digna y triste facultad de la borla ce leste, ante sus dos únicos discípulos, dos tarugos con forma humana, á los que habría que metej con un formón las declinaciones latinas, tuvo un instante de desaliento, como una vislumbre rápida del negrísimo porvenir, del esfuerzo abrumador que le aguardaba socavando siempre en la roca. Pero era joven; pensó en su colegio recién abierto, con sus muebles de lance, disimulada su vejez bajo un último y caritativo barniz; pensó en su. esposa, la suave muchacha con la que acababa de casarse, también hija del trabajo; peusó en los seis ó siete chicos que tenía apalabrados para la clase de primera enseñanza, seis ó siete ganapanes que sus padres, atentos á su mostrador, se quitarían así de en medio, é imponiéndosele la primavera de su vida, que por algo es primavera, entró con paso firme en la senda de espinas á que su suerte le empujaba. ha prueba fué dura. Pasaron los meses, pasó un año; no vino un chico más de los anunciados; aún m no alguno menos; el menaje, con el uso, empezó á deteriorarse con la rapidez con que se deshacen los muebles viejos recompuestos, y de contra tuvo el primer fruto de bendición: un varón, el varón sofiado, el primogénito, futuro heredero de un legado bien amargo, pero que pronto llenó la casa de alegría con su presencia, robusteciendo la esperanza anémica, que, á la vez que las mesas y los bancos, comenzaba á desgastarse con aquel ambiente de pedagógica resignación. II Un día llamó á la puerta la felicidad, no se sabe si porque se equivocó de piso, pero el hecho es que llamó. ¡Diez años llevaba el pobre licenciado hundido en la atmósfera gris de su colegio, repartiendo á sus diez ó doce discípulos, por unos módicos honorarios que l e p a g a b a n á fuerza de apremios, á guisa de sopa del convento, la ciencia aprendida, cuando aún no sabía en sus años de estudiante, llenos de ilusiones, lo que le reservaba el porvenir! Él caso es que quiso el cielo que se mudara algunas casas más arriba un señor bien hacendado, vulgo legítimo, que encontró muy cómoda la proximidad del colegio, y á él mandó su único vastago, un niuchachote cerril y voluntarioso, pero con tan buena ropa, que hizo abrir un palmo de boca á sus condiscípulos y dejó caer en su mente una gota de envidia comparando las telas ajenas con las suyas, detenoradas y con remiendos. El profesor respiró con aquel segundo rayito de luz. El primero había sido la inteligencia sacada por, su hijo en divina compensación á su pobreza, y que él cuidóse de ir pulimentando con sabia prudencia desde que estuvo. en edad para ello, inculcando poco á poco en aquella tierra tan de buena ley, como padre y como maestro, las semillas de cuanto en el propio cacumen escondía. Y como el niño ricOjingresó en el colegio para seguir la segunda enseñanza á la vez que el niño desheredado la emprendía, consagróse el paciente pedagogo con mayores ánimos al desarrollo de las dos existencias paralelas. Sólo la esposa del licenciado, aun recibiendo con alegría la inesperada ayuda, sintió en su instinto femenino como el presentimiento de algo triste. III Había llegado el día de los exámenes, el día luminoso de los sueños azules para el pobre hijo del director y dueño del colegio. Compasión daba el contemplar los débiles diez años del niño. Un cuerpe-