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ue le parecieran bastante para sa Tf- Sf j tisfacer aquella humillación de la ii Íí- V fortuna. Sólo la sangre y la muerte ¡i AJy k podían aplacar la fiereza de aquel i Iiombre nacido en tierras levantinas. i li El trabuco y la faca recibían muchas noches caricias siniestras de sus manos. Pero sobre el pecho en que hervía la negra tempestad estaba la cabeza ensenada á reprimir y disfrazar las pasiones así malas como buenas. El espíritu disciplinado del sobrino del cura no se arrojaba á los desmanes inconscientes de la pasión alborotada y ciega, y no ciertamente por temor al delito, sino por miedo á sus consecuencias. No quería pasar por asesino ante la opinión pública y, sobre todo, ante los Tribunales de justicia. Así es que, decidido á matar á Ramón, le tendió la celada más vil y más diabólica que pudiera imaginar la astucia humana. Ya es sabido que Ramón fué siempre mujeriego y galanteador afortunado. Y conviene saber asimismo 1 1 así s que la mujer de Ignacio era hembra tan capaz, por su hermosura, de atraer á los hombres, como incapaz, por su honradez, de alentarlos á propasarse con ella. ¿Qué mucho que Ramón gustara de Inés y aun le dirigiese miradas y piropos siempre que hallaba ocasión propicia? ¿Y por qué Ignacio sintió una secreta y como infernal complacencia al advertir las galanterías de su primo, cuando debían, por el contrario, añadir al odio antiguo el odio de un nuevo agravio y de una nueva humillación? Porque su astucia perversa empezó á vislumbrar una venV gama sin peligro. Cierto día corrió por el pueblo una noticia espantosa: el alcalde había sido asesinado. ¿Cuár. do? Aqiiella madrugada, ¿Dónde? Dentro de la casa dt. Ignacio. ¿Quién propaló la noticia? El mismo Ignacio, que en acabandx) de cometer el delito salió diciendo á grandes voces que había matado á Ramón soi- prendido á media noche en el cuarto de Inés. Como Ramón no entraba nunca en la casa de su primo p o r la enemistad de ambos, y como además las alta. s horas de la noche no son las propias para visitas inocentes, la opinión pública dio por seguras la culpa de Rranón y la justicia que Ignacio se tomó por su agraviada mano. El abogado hizo una defensa elocuente. La entrada nocturna del amante audaz, la santidad del domicilio atropellado, los gritos del honor conyugal, encontraron acentos conmovedores. El jurado pronunció veredicto absolutorio. El público aplaudió la sentencia y sacó en triunfo á Ignacio, como tipo calderoniano de la fiereza castellana. El hipócrita cobarde respondía con sonrisas que eran contracciones nerviosas. Sonrisas de alegría Impura y de desprecio á la justicia humana, de la cual se burlaba secretamente. Ramón no entró en l a casa con propósitos adúlteros, sino atraído traidoramente con promesas de aju. star las paces. El honor sirvió al odio para preparar la impunidad de su venganza. Ahora se explicará el diabólico placer con que presenciaba las galanterías de su primo, y con cuál pérfida previsión las señalaba, como bromeando ante la gente. Había consumado una venganza sin castigo. Deleite sumo de su alma seca. Pero para enmendar yerros de la justicia de la ley, hay en la tierra otra justicia infalible: la moral. El pueblo, para ignorar el asesinato alevoso, tuvo que conocer el adulterio intenta j. Porque nadie creía que Ramón estuviese á tales horas en el cuarto de Inés sin consentimiento y cita de ella. El marido burlado tuvo que aguantar el castigo correspondiente al criminal absuelto. Y la sociedad no absuelve del todo á los deshonrados aunque pidan justicia de rodillas sobre el cadáver del deshonrador. La deshonra siempre queda en pie. EUGENIO SELLES DTTíU. IOS I E N E N O E S BRI GA