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LA VENGANZA SIN CASTIGO I GNACio era una mala persona, de corazón ruin y entendimiento corto. Parecía, sin embargo, hombre de largos alcances, y aun él mismo presumía de ello, gracias á esa astucia villanesca, que suple á veces con ventaja á la inteligencia, r f k 1 JL falsificándola, como el cobre puli 5 i do remeda al oro. Fué en su niñez de natural antojadizo, voluntarioso y vehemente: carne inflamable con la cual habría podido fundirse un hombre apasionado, pero quizá de buen fondo si tales apasionamientos tomaran ó recibieran oportunamente direcciones estudiadas. De un espíritu seco nada puede hacerse, como con una fuerza inerte nada se puede mover. Pero donde haj- a una energía acti. un jiigo sea dulce ó sea amargo, puede moldearse un ser útil. En las pasiones y hasta en Ic vicios vive siempre algún residuo aprovechable cuando es bien explotado por el arte de la refinación moral, que lo hay, como hay un arte de aprovechar los residuos minerales sacando piiro metal de las escorias más impuras. Pero Ignacio cayó desde su niñez en manos pecadoras. ¿Pecadoras? Sí y no. Pecadoras en cuanto á métodos de educación: que en lo demás, su tío carnal, el cura de 1 i villa, era un varón tan lleno G ¿virtud como de fanatismo. Practicaba el buen padre de almas ese sistema educativo que pudiera llamarse método secant; Seca la inteligencia para evitar el raciocinio contra lo absurdo. Seca, la voluntad para prevenir la rebeldía. Seca los afectos y sentimientos para ahorrar turbaciones al espíritu, que es comO secar el mar para que no haya tempestades ni naufragios, sin ver que tampoco habrá brisas refrescantes, r. i caminos de comunicación entre los pueblos ribereños Ciiado de esta manera, Ignacio conser ó oí el fondo del alma, y como en estado subterráneo, el germen de las pasiones huinanas, pero sin los arranques y bríos que las hacen brotar á lo exterior. K: decir, que añadió á sus vicios ingénitos otro artificial: el de la hipocresía. Era malo por inclinación, y lio se atrevía á serlo ostensiblemente, no por amor al bien, sino por temor al ca. stigo. Y de esta raíz arrancó su desgraciada historia. Ea vanidad, la codicia v la envidia corroían el corazón de Ignacio como el cardenillo venenoso corroe la copa de metal vil. No podía limpiarse de ellas. ¿Vanidad de qué? De juzgarse más poderoso d e lo que era. ¿Codicia de qué? De pretender lo que no podía alcanzar. ¿Envidia de qué? De todo hombre que alcanzaba lo que él no podía. Esas pasiones habían hallado sujeto y objeto en la persona de Ramón, primo de Ignacio. Parecían nacidos bajo dos signos opuestos y batalladores: Ignacio para odiar á Ramón; Ramón para vencer á, Ignacio. Más rico, más fuerte y más guapo, Ramón humillaba en todo á su primo, aun sin propósito. de humillarlo. En los juegos de la niñez, siempre le podía. En los amoríos de la mocedad, siempre le ganaba. En las prosperidades y posiciones de la virilidad, siempre le aventajó. Logró muchos amigos, mientras Ignacio era antipático á la gente. Tuvo gran partido entre las mujeres, mientras Ignaciohubo de contentarse con la suya propia. Llegó á los treinta anos á ser alcalde del pueblo, mientras Ignacio no pudo llegar nunca ni á concejal. ¡Su ambición suprema: la vara de alcalde en las manosaborrecidas de su émulo! Esto colmó el tradicional aborrecimiento que se tenían ambos primos. Los conocedores de la política lural; los que saben cuántas codicias despierta, cuántas envidia. satrae, cviántos odios levanta y á ct ales extremos conduce la posesión del poder en los villorrios, donde el amor propio es la pasión natural y donde las vanidades crecen á medida que los círculos sociale i se estrechan, comprenderán la desesperación y los rencores de Ignacio. No había traza ni venganza.