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¡Cuan diferente aquí! Su intensa Uataa luce inmutable el sol resplandeciente, que cual lluvia benéfica derrama sobre el suelo la luz, y el tibio ambiente el olor de las rosas embalsama. Ostentando su pompa y lozanía, la tierra se compone y se atavía con sus brillantes y lujosas galas; y revolando en torno de las flores, lo mismo que en Abril, baten sus alas las leves mariposas de colores. Iva rumorosa fuente su canto entona sin temer que el hielo aprisione en el cauce su corriente, esmerilando su cristal turgente donde se mira con orgullo el cielo. Aún no teje la pálida neblina la espesa trama del flotante velo; y aunque el adusto invierno se avecina, retarda la emigrante golondrina el triste instante de tender el vuelo. Una copia dejar del Paraíso que profanara Adán con su pecado, el Señor, de los hombres apiadado, en esta tierra incomparable quiso; y cual doncel gallardo y vigoroso que á delicada virgen, amoroso, con inrrompible vínculo se enlaza, el Otoño fecundo, cual si fuera su inseparable y dulce compañera la florida estación, amante abraza á la joven y alegre Primavera. Por eso cubren la ondulante falda de la sierra los verdes naranjales, sin temer que los vientos otoñales deshojen y marchiten su guirnalda; y á los ojos, que en verlos se recrean, muestran al par, entre su fronda umbría, frutos que, al ablandarse, amarillean y botones no abiertos todavía, cual promesa segura de que en breve lucirán á la vez, como un tesoro, sus naranjas más fúlgidas que el oro y sus flores más blancas que la nieve. ¡Salve, patria del sol! ¡Región dichosa en donde la feraz Naturaleza, como próvida madre y tierna esposa, brinda al hombre, fecunda y amorosa, á la par su cariño y su belleza! Cuando, ardiendo en castísimo deseo, te admiro siempre, fiel á tus amores, y á un tiempo mismo producir té veo sabrosos frutos y lozanas flores, te concibe mi mente enardecida como mujer feliz y enamorada que se mira orguUosa y complacida de su dueño en los ojos retratada, mientras en torno, alborozado, juega, su ventura colmando, el pequeñuelo, que trabajosamente por el suelo hasta sus faldas arrastrando llega. Y cuando hacia ella suplicante tiende las manecitas, é in, sistente ruega en ese idioma de ternura lleno, cuyas palabras que ninguno entiende sólo interpreta el maternal cariño, le toma en brazos, y el fecundo seno librando de la cárcel del corpino, el casto amor aviva y enardece del esposo feliz, al par que ofrece i, salud, regalo y alimento al niño. M. iNUEi, DE SANDOVAI, DIBUJO DE REGIDOS T ESDE las lomas de la fértil sierra, mi vista complacida se derrama por el incomparable panorama de esta fecunda y deliciosa tierra. Expira el mes de Octubre, y aun las tendidas y ondulantes faldas el lozano verdor reviste y cubre, cual manto recamado de esmeraldas. A los rayos del sol que al Occidente camina, con metálicos reflejos brilla el Guadalquivir, que allá á lo lejos, sus murallas besando mansamente, á la opulenta Córdoba retrata; y atrás dejando su famoso puente, como raudal de bullidora plata, con regia majestad tuerce y dilata por la vega anchurosa su corriente. Absorto al contemplar tanta belleza y gozoso al sentir tanta alegría, recuerdo la tristeza conque en otoño, al declinar el día, en la tierra natal el extendido y solitario campo recorría, en tanto que con lúgubre tañido resonaba en la torre la campana, que expresar con su acento parecía la invencible y tenaz melancolía que en la escueta llanura castellana todo lo penetraba y lo invadía. Medio escondido entre celajes rojos, el sol poniente con oblicuo rayo doraba de soslayo los resecos y pálidos rastrojos, mientras helado, silencioso y lento, sin mover con su aliento en el bosque desnudo ni u n a rama, hasta mis huesos penetraba el viento traicionero y sutil del Guadarrama.