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IviLS SAT 5.I DIME: J 5. JLS i r NO Ocios luTiclios placeres qtic el veraneo iiroporcioiía en los puertos de tnar i los inocentes ík tierra adentro es la llegada de las lanchas tic sardina, el reparto de ésta y la bulliciosa: imipcióu de las sardineras que, con el cesto ó batea en la cabeza, penetran triunfantes en la eíndad, gritando, jurando, quitándose las parroíjuianas 6 discutiendo con ellas la cotiíac a del insulso pcseaiío. Diíjan lo que quieran Ins Rastró nomos, y aun cuando se aduzcan á favor de la sardina los especiosos y eleíranteí; razonamientos que para defenderla empleaba el ilustre Grimaud de la KeynÍL- re, la íardina viene á ser en el mar lo que el garbani: o en la tierra: es un alimento grosero, difícil de encontrar en buenaí! condiciones, y sobre todo, notablemente insípido. KI garbanzo es una de esas instituciones viejas é inútiles semejantes al Consejo de Estado y á otros organismos partcidos; si todo el dinero y la atención que se les concede se otorgara á otras cosas más sustancíoíias, el resultado práctico serúi harto más liala füeño. Pues bien; lo mismo sucede con la sardina, jt sí misma, per ÍÍ, Ó en toda ra n, coiuo dicen los filósofos de una y de otra acera, es un pescado que nada vale: pues no otra cosa que dulce ilusión de los sentidos falibles suele ser el nstc cou que algunos bobalicones declaran Iiaber comido sardinas recién pescadas y tostadas de cualquier modo sobre ua lecho de hojas. Como esto suele ocurrir en una tarde de excursión marítima, entre ti entusiasmo de la francachela y las deleitosas é inesperadas emociones del paseo en bareaj puede ase T rarse que en tales condiciones, abierto de par en par el apetito por la saludable brisa marítima el entusiasmado sardindfiío comería con igual complacencia cualquier comistrajo de los que en el comt dor de su casa en Madrid califica de porquerías incomestibles. Y quien habla de la sardina habla de las sardineras. El que esto escribe no quisiera ofender A tan respetable, sufrida y valerosa clase; pero si la juxga- merecedora de más prospera suerte, no lia de se l i r al pecuario A ulgo en la afirmación de que son mozas bellísimas, ni fia de encontrar en ellas peregrinas cualidades y eNeepcionales encantos, Quien ha dicha luejor y con más respeto d la verdad lo que SQI estas apreciablesciudadaíjas. ha sido el castizo D, José Mana de Pereda, que his conoce muy d fondo, aun cuando no dejemos do reconocer que, en ciertos momentos, tambión el au. stero poeta de la montana y del mar de Cantabria se ha dejado llevar de algunos entusiasmos líricos, hijos de su innato patriarcalísmo y de su amorá la sencillez, ó á lo que ¿1 crett que. es la seiicillea. Ocurre, pues, con las sardíntras lo mismo que con el paisaje, con los alimcatos y con todas las demás excelencias que en el verano suelen hallarlos que alen de Madrid; es lo quedeci a Amíel: el paisaje lo lleva dentro el espectador. Sale un ciudadano de Madrid en el mes de Julio, sofocado, frito y lleno de asco, porque ha asistido á loa dt: bates de la Cámara baja, por ejemplo; y naturalmente, cualquier sardinera de Vigo, de- Gíji 5ii á de Santander le parece harto mjls agradable que los señores que pululan por el Salón de Conferencias: pero si se hiciera cargo y se imaginase eso mismo al reví i, el Salón de Conferencias lleno de sardineras gritando y oliendo á pescado, toda Ja ilusión se desvanecería. Y decía muy bien Don Hermógeues: que toJj es rdjího, y Í jarduj rras sobre lodo.