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jm ¡m AMPiLLO de las Visti lias. Así llamado- decía el ilustre D. Ángel Fernández de los Ríos eu s u f a m o s a Guía de Madrid, tan explotada y aprovechada como poco mencionada por los escritores que usamos de ella -por las mstas que desde él se gozan; al pie de la cuesta había hace pocos años un portillo de madera; aquel l a pendiente era campo d e batalla de los mucl a- l a Paloma, q u e tenían grandes peleas á pedradas. El duque de Osuna, dueño del terreno, tiene presentado años hace al Ayuntamiento un p r o yecto para ajardinarle. Esto se escribía en 1876. Han pasado veintisiete años... y el pelado gollizo que como una joroba del terreno avanza desde la calle del D u q u e de Osuna hacia la Ronda de Segovia, sigue como es- taba. El ajardinado, Dios lo dé; por allí no se ve más verdor que el verdor obscuro j- brillante de las cascaras de los melones que, piocedentes de Añover, de Villaseca ó de Villaconejos, parecen caer en temible diluvio durante estos días primeros del otoño sobre la árida meseta, formando pirámides ó conos, que de lejos íian hecho á varias imaginaciones exaltadas pensar en matanzas y hecatombes, en montones de cabezas cortadas y custodiadas por no sabemos qué feroces bascJt bicziíks, En efecto, las Vistillas son la Macedonia de los melones. Allí, sobre el mismo campo de batalla, pierden el seso y á veces las tripas muchos respetables individuos de tan aromática y dulce especie vegetal. Otros son conducidos en brazos amorosos, al parecer, j- a al cavitiverio, ya al sacrificio inmediato, pero ninguno se li. bra de la muerte. Tal 1. a vida, que solemos decirlos pensadores modernistas cviando mo tenemos cosa de más substancia. Y ¿verdad que todo es hablar de melones.