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das desde las puertas de sus viviendas, al llegar la csiitítiva; t; aqui, vaca! aí aí, vaca! nuestras íús heraldos iban repartiendo vacas á diestro y siniestra, y 5o s bonachones de los hombres dejaban entrar pacientemente en su casa aquellos animalotes, como símbolo eterno de las debilidades de Adán ante las sugestiones de Eva. De una en otra casa, fueron á parar á la del herrero del pueMo, el cual, avergonzado de lo que OCBrn a, apenas acabaron su pregón los heraldos se les puso delante, y les dijo con voz solemne: -Aquí, caballo, porque aquí mando yo. Miráronle sorprendidos; formaron semicírculo los citriosos, y, ante la expectación r eneral, le aproxi- marón los caballos para que cligieía. liía el heí- rrero hombre alto y fornido, de luenga baiba, r pelo revuelto y mirar fosco. Jnuto al herrero se puso una mujer bellísima, pero delgada, rubia, baja; la timidez de su semblante, la ternura de su mirada 3- su aspecto débil y encogido, contrastaban claramente con la brutal energía de su esposo. ¡Qué! -dijo ella- ¿vas á escoger caballo? -Cállate tú- -respondió con imperio su marido, en tanto que paseaba indeciso la mirada entre lop fogosos caballos que delante de sí tenía. Habíalos negros, blancos, alazanes, tordos, píos... EHierrero, que era gran jinete, hubiera querido quedarse con todos, y su codicia titvibeaba... Al fin, señalando u n hermoso caballo blanco, exclamó: -Acercadme aquél. La mujer del herrero aproximóse tímidamente á su marido, y le dijo con dulzura: -Haces muy bien en escoger caballo. Yo soy la primera en desear que mi marido tenga y goce la autoridad que como á dueño de mi casa le conviene, porque t u honra es mi honra, y lo que á ti te está bien á mí me está mejor; pero me parece que te equivocas en la elección del caballo... ¿No sería más conveniente que escogieras aquel hermoso caballo negro que está allá lejo. s? El caballo de pelo blanco es muy sucio, y tú, que andas siempre con las manos llenas del carbón de la fragua, ó habrás de llevar el caballo manchado, ó tendrás que servirle á él más que él á ti. -Razón tienes, mujer, -dijo el marido. -Tráiganme aquel otro caballo negro, como dice mi esposa. El heraldo, al escuchar estas palabras del herrero, le res 7o ndió con sorna: -No será mal caballo el que vamos á dejarte; -y después, dirigiéndose á los pastores, exclamó: -Eh, muchachos, dejad al herrero la vaca más grande que haya, porque en su casa, como en todas, la mujer es quien manda. Rieron los circunstantes el suceso, y los heraldos refirieron á su señor cuanto había ocurrido, el cual se confirmó en su idea de que la mujer, q e se apoderó del hombre en el Paraíso, continúa gobernando el mundo. ¡Asi anda ello! R. FAEL TORROJIE Dir. ujos DE II: NDI: ní; ixr,