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í 1. S V f A Eva friunfanfe iinanecer, visto el pueblo desde lejos y ercibida la pina de sus casitas blancas dor del alto. y fuerte castillo feudal, pabreve manada d e corderos á los pies de tQ pastor. Despedían todos los hogares das chimeneas tules flotantes de hunio i Dbre las vetustas almenas del castillo daaiías nieblas de la noche. El gallo de jaba oir sus últimos cantos. Al entreabrirse puertas y ventanas parecía que el pueblo se desperezaba bostezando, sin vencer del todo el lento sopor del sueíío; pero á medida que las tintas de la aurora, cerniéndose por nubes sonrosadas, acentuaban sus claridades matutinas, mostrábase en la aldea con intensidad creciente la congestión de la vida, llevada al punto de exceder ya sus cotidianos vuelos y de revivir con bullicios de fiesta y de zambra, tañer de campanas, estridor de clarines y resonar de timbales, en tanto que el monstruoso y viejo castillo, riendo por sus aspilleras, engalanaba con banderolas y gallardetes las venerables calvas de sus piedras. El señor feudal celebraba sus desposorios. Las bodas de Camacho no podían compararse con aquéllas. Ivos vecinos de los pueblos próximos llegaban, vestidos de fiesta, al regoí 5 to del baile y la comida. Para festejar dignamente sus bodas, el señor dispuso que á nombre de él stts criados regalasen una vaca ó un caballo á cada uno de los vecinos que habitaban en la cabeza del señorío, á condición de que en la casa, donde mandase el marido fuese entregado el caballo, y donde mandase la mujer, fuera entregada la vaca. Ejecutando y pregonando la orden de su señor, iban delante dos heraldos con dalmáticas bordadas y capacete almenado; detrás el tamborilero redoblando á breves intervalos; más allá los pastores conduciendo la vacada y los palafreneros la recua, y por fin algunos soldados del castillo con brillantes alabardas. Eos vecinos se asomaban curiosos á las puertas de sus casas, la multitud se apiñaba en las calles, los chicos volteaban por doquiera, y el vocerío, las risas y la algazara, que tan vivas escenas producían, eran reforzados por los redobles del tamboril y por las voces del heraldo, que exclamaba: -Ordena nuestro amo y señor el conde Fernán González, como festejo de su boda, que dejemos un caballo en la casa donde mande el hombre, y una vaca donde mandare la mujer. Eas vecinas palmoteaban de gozo ante el espléndido regalo, y unas por jactancia de su doméstica hegemonía, otras por codicia de la vaca, algunas por ingenua expresión de la verdad, exclamaban to- -A i i J f