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El novio fijó los ojos en el semblante de la novia, cruzado aún por vendajes, y contestó sinceramente- ¡Qué disparate! En cuanto te quiten esas tiras de gasa y esos algodones, estará mi nena igual q u e estaba: ¡muy guapa, reguapísima! Ella insistió con firmeza: -Estoy desfiguracja: la cara, llena de costurones; el pecho con cada cicatriz... Por todo mi cuerpo señales... Román, no podemos casarnos. ¡Lo nuestro... se acabó! Impaciente y enojado, protestó él. r -i, ¡Qué manía te entra, Renita! Vamos, vamos, no te me pongas tonta; no quiero que seas asi. j u n quilla rara! Soy tu novio; soy tu enamorado; soy tu futuro, y nos echan las bendiciones apenas te sueltes por ahí sana y buena. ¡No faltaba otra cosa! Lo voz que salía de detrás de los vendajes se deshizo, se quebró en llanto. -Muchas gracias, Román. Ya sabía vo que... que me contestarías eso. Es natural en ti. ¿Que si es natural casarnos? ¡Me gusta! No parece sino que se trata de algún fenómeno. Ea, nina, la mano. -r. i t, Ella la alargó, enflaquecida y todavía áspera por la sequedad de la calentura. Román la beso piadosamente, como hubiese besado, á ser devoto, una reliquia. -Escucha, Roxnán... -pronunció hondamente la enferma. -Tu te portas siempre bien; demasiado me consta. Valdría más que te portases peor. En vez de arrojarte sobre mí á apagar el fuego, debiste detenerte un minuto, lo bastante para que acabase de abrasarme. Así me salvarías de una suerte bien amarga... sin hablar de los padecimientos, t ue no han sido pocos. ¡Ea, ea, basta, niña! -exclamó Román. -No aguanto que continúes por tal camino. ¿De donde sacas semejante suerte amarga, vamos á ver? Conmigo tu suerte será dulce; te querré mucho... ¿Es que pensabas hacer conquistas? A mí has de parecenne l a mujer más bonita del mundo. ¡A ti, no! -declaró con energía Irene. ¿Tú qué sabes? j- t, i- -t o s e Y te lo probaré... hasta la evidencia. ¡Ah! Si te pareciese bonita, ¿que me importábalo demás? Pero tú, ni eres ciego ni eres de palo. Me detestarías; te avergonzarías de mi. El novio se puso de pie, entre desazonado y compadecido. ¡A callar! -ordenó. Mi niña está hoy nerviosa, y no quiero que se me ponga peor con estas coaversaciones sin substancia. ¡A callar, á obedecer! ras que sientes por tías antes... de la- -interrogó Irene. ¿Pues quién lo duda? ¡Exactamente, boba! ¿Me lo jurarías? -Lo juro, -contestó él sin titubear. Hubo un instante de grave si. lencio entre la mujer que reci -í bía tal prueba de ternura y el hombre que acababa de comprometer su porvenir. Román tenía asida la mano de la enferma, y la estrechaba contra los labios. Y lo primero que se oyó fué la voz de la madre de Irene, que entró y vio la escena, y la aprobó sonriendo. -No, no te muevas, Román... Estás bien ahí, hijo mío... He venido no más que á ver si ocurría algo. Quedaos en paz. Antes, ya te acordarás, no me gustaba dejaros solos, ¿eh? pero ahora... ¡bahi si eres conjo un hermano de la pobre... Hazla compañía; entretenía. Tengo que atender á mi agente de bolsa, que me aguarda en la sala. Apenas la madre hubo salido, Irene se alzó sobre un codo y dijo á Román, que estaba cabizbajo: -Ahí tienes la prueba que te ofrecí. Mi madre nos deja solos! Y atajando nuevas protestas de Román, añadió: -No te esfuerces. Yo estoy resuelta: así que pueda levantarme y andar, irremisiblemente entraré en. el Noviciado de los Paúles. HMILI. -V P A R D O DIBUJOS DE REGIÓOS BAZÁN