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silumaje. De vez en cuando torcía la cabeza para mirar á la Pinta; la mauclia roja de sus ojos simulaba una lagrima de sangre. Era un gesto doloroso é implorante. ¡Pobre Morito! Aquella pena recatada, discreta, sigilosa, oculta bajo la sombra tibia del macizo de violetas, perdida entre los murmullos rumorosos de los surtidores del jardín, apagada por el bullicio arruUador del palomar indiferente, gárrulo, me oprimía el alma como una obsesión ó un remordimiento. Sentí comezón de llorar. Yo creo que nris aniables, liuéspédes (I3 ernardo, su esposa plácida, maternal, y Beniardito, el angelote rubio y apacible) lloraban también para sus adentros la desgracia del Morito. Tal me dieron á entender con sus semblantes cejijuntos y su obstinado silencio á la liora de la comida. Diríase que todos sufríamos la misma desgracia; una desgracia irremediable, familiar. La ventana del comedor cae sobre el jardín; los retorcidos troncos de una parra vieja y rugosa, tal vez secular, trepan hasta ella y la resguardan con el palio de sus hojas de los rayos del sol. Penden los racimos voluminosos, apelmazados, duros, como esculpidos en una madera compacta y coherente (tal ía vid evangélica en los retablos barrocos) de un tono verde agrio que hace la boca agua, apetecido festín de los pájaros que picotean en ellos furtivamente. Los pámpanos se contorsionan en espirales atormentadas, como los poseídos de poderes infernales, y aprisionan con angustia los barrotes de la ventana. A través del toldo sombrío é inquieto de la caduca parra decrépita, y cuando bajo nuestras ireocupaciones comíamos lentamente, con la lentitud y parsimonia de una función mecánica é irreilexiva, penetró un quejido plañidero y prolongado, suave, sumiso, con inflexiones musicales de infinita desesperanza y de melancólica resignación. Era el Míorito, que lloraba á su modo. Vuelvo á la galería para ver al Morito. Su dolor subsiste; pero se manifiesta por nuevos modos apasionados, suplicantes é incoherentes de locura ó delirio. Arrulla á su paloma crej- éndola viva; esponja el buche, que se hincha como fuelle de gaita, y lo arrastra sobre la arena húmeda y crujiente alrededor de la Pinta, requiriéndola con modulados arrullos de pasipn, rumorosos y onduladores como olas de mar. Y continúa, continúa arrullán dola rendido de amor Pero la Pinta permanece inmóvil y rígida, insensible, y el Morito, que está loco de dolor, la picotea con furia, como amante enamorado que golpea á su amada indiferente y desdeñosa. La pica iracundo y se queja al mismo tiempo. ¿No le escucha ella, por ventura? ¿No le ve desfallecer de ansia pidiendo lo que antes nunca se le negaba? Algo así debe de pensar el Morito, y quiere conseguir á viva fuerza lo que sus ruegos no son bastante á lograr. No puedo resistir este espectáculo... Vuelvo á la galería. Atardece. Los don diego de noche, que Se apoyan blandamente en el muro de la casa, abren sus ñores con ceremoniosa lentitud, temerosos de la luz del día; hasta mí llega su aroma en impalpables ondas de voluptuosidad enervante. El Morito está absorto, mudo, junto al cadáver de la Pinta, al lado de los macizos de violetas, en el caminito enarenado y crujiente que atraviesa los floridos cuadros del jardín. Bernardito y su padre íe examinan á corta distancia. Beniardito- -dice éste, -voy á enterrar á la Pinla. Y el niño llora y balbucea entre lágrimas: ¡Pobre I íoriio! i í i amigo se aceica á la paloma muerta; ti Mu ¡i o la defiende á picota os y ruge con desesperación. No quiero veilo. Día 21. He pasado una noche febril, poblada de pesadillas, cuando no de insomnios. l í e pensado en el amor, y en el Morito y en las mujeres, y en la muerte. Acudo á la galería á refrescar mi frente ardorosa con el aire de la mañana. ¿Qvié será del Moritof... Ah! Allí está. Arrullando á otra paloma, canela, aristocrática y fina como, él, con el mismo cerco sangriento en los ojos... ¡Qué triste es la vida! RAMÓN PÉREZ DE AYAEA DIBUJOS D E REGIDOR