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FRAGMENTO D E LAS MFAIOMAS DE FLORENCIO FLÓREZ T i A 20 de Agosto. En Casquita, finca de mi amigo Bernardo Valladares. El médico me ha prohibido con gran severidad y en tono solemne de amenaza, la vida le población y todo género de trabajo intelectual: leer ó escribir. Y esto en plena actividad inteligente, en üua época de hambre devoradora de libros, de sed rabiosa de saber. No puedo cumplir por más tiempo la prescripción facidtativa y continúo hoy mis memorias. I as ideas me pesan tanto en el cerebro, que me producen fiebre al atardecer. Dice el doctor que es cosa de la neurastenia. Será ó no será. ¿Y á mí qué? Desde la ventana de mi cuarto se abarca con la vista el valle de Camoca. Ese no tiene neurastenia, n i fiebre, ni desazones. Se muere en todos los otoños y resucita en todas las primaveras. Ya empiezan á curvarse las hojas de los álamos, amarilleando; algunas han caído al suelo; el viento las arrastra con dulzura y parece besarlas en suave susurro. Me siento languidecer como las hojas casi mustias, bajo este cielo de un azul tímido, litúrgico, entre estos horizontes violeta, amoratados. ¿Por qué el color negro simbolizará el duelo, el luto, la viudez? A mí me parece más triste aún, más íntimamente triste, cierto tono de violeta indeciso; el tono del cielo cuando muere el sol, el tono de las ojeras de Bernardito (el hijo de mi amigo) cuando llora. Bernardito, desde el jardín, me llama con su vocecita fresca y ondiilante, de niño mimado. Ks m u y guapo Bernardito. Tiene los ojos de un gris d. udoso, equívoco, algo azulado quizá, y mii asiempre con dulzura modesta; parece que implora. Su madre, con esa perspicaz intuición estética de todas las madres, le ha dejado crecer las guedejas rubias en forma de melena provenzal. Bernardito es un paje de una leyenda de oro. -Mira, me dice, y señala hacia el macizo de las violetas. ¿Qué es eso? le pregunto; y él repite. -Mira; y añade: -al Morito se le h a muerto su mujer. Y miro. En el sendero enarenado que atraviesa los floridos cuadros del jardín, junto al macizo de las violet a s está el Morito, y á su lado, caída en tierra, con la cabecita doblegada sobre la pechuga y las patas sonrosadas y rígidas extendidas hacia atrás, una paloma blanca y negra; la Pinta creo que la llamaban. El Morito es un palomo dominador, galán osado y burlador temible de todas las hembras. Tiene las patitas de cannín, el pico diáfano y sangriento como un rubí, y en redor de los ojos una cresta roja. Es intensamente negro, y el sol se irisa en su plumaje, bruñéndolo con brillantes y extraños tonos metálicos, de pompa de jabón. Es el patriarca del palomar; pertenece á una raza escogida, aristocrática, fué comprado en Barcelona á peso de oro; y él, que debe de saber todo esto, se da tono y se contonea con soberbia majestad. En un principio, mi amigo Bernardo se curaba grandemente de la pureza de sangre evitando con meticulosa escrupulosidad la mezcla de razas ó linajes en su palomar, que era del más distinguido porte. Mas ahora, sin duda por imposición de las ideas mo. dernas, reina en este pequeño mundo de los candidos alados amplísima tolerancia, y junto á los ejemplares de razas exóticas, pulula el demos colombino, la plebe abigarrada y arrulladora de los zoritos. El Morito se había enamorado de la Pinta (una hembra del pueblo) á juzgar por los extremos apasionados que á todas horas la prodigaba. Su dolor al verla muerta debe de ser muy intenso. Bernardito le miía con curiosidad y él permanece inmóvil junto al cuerpo rígido de su pareja. El dolor del Morito me ha traído desazonado y nervioso durante todo el día. Era el dolor resignado, silencioso y conmovedor de un estoico. Durante varias horas permaneció como abstraído en pertinaz ensimismamiento, apoyado en una de sus patas, que se hun día en la arena amarillenta, y con la otra desvanecida en la sombra del irisado