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á aquella horrentí proEEitiiición, no p u d o contenerse; estaba Kasoseííadc ner vi opísimo, y de c u a n d o en c u a n d o e d i g n a b a hacer descender sobre el audaz y sacrilego m u c h a c h o u n a juiratju inquisitiva, llena d e odio. N a d a decía, p e r o el v e n e n o se le iba e n t r a n d o poco á poco en el alma. Positivamente, el muchacho aquel era el mismísimo Uemonio; pintaba ú. escape, haciendo contorsiones diabólicas; em picaba los colores más disparatados y menos semejantes á los del original, y lo más horrible, JO q n e puso de p u n t a los pocos pelos de D- Bartolo fuó el oler el nefando líquido en q u e el pintorcete mojaba sus pinceles gordos como brochas de pintar puertas, ¡Era petr 5 co, Virs en ¡vul i r y hediond o petróleo d e quinqné! Así apcstabaTi el lienzo y su autor... Cosa de S a t a n á s todo ello sin duda... Ello fué q u e el muchacho acabó su copia en cinco ó sei. i sesioues. se la enseñó á D. Bartolo, y desde entonces no t u v o este m o m e n t o d e reposo. La copia aquella se parecía, eso no ÍÍC podia nej ar. se parecía, y m u c h o N o era l a ideal visión di l pintor sevillano; claro, nO t e n í a la insuperable d u l z u r a del maestro, pero Jinojol lo que es exactitud, verdad, ya lo creo q u e h a b í a en ella. V p e n s a n d o esto, la d u d a atenazaba la conciencia del s i n v c n t n r a D, Bartolo, que pasó doce 6 catorce noches sin dormir, d o r a n t e las cuales, el diablo lo Mzof envejeció veinte años y se le olvidaron t o d a s sus fiinnulas y recetas. Iba al Mu. eo, y con g r a n asombro d e los a en vez de ponerse á. trabajar inmediata y mcc i n i c a m e n l c cual tenía por costumbre, quedaba. se parado, embcbccídíff a n t e aquellos cuadros que d e bia saberse d e memoria; Uieditaba njucho antes de a g a r r a r los pinceles, y d e repente, como d o m i n a d o por í ñbito furor, comeuiíaba á ultrajar su lieni o blanco, escupiendo en él sin ton ni son cliafarrinunes d e p i n t u r a incoherentes, helerogéneos, h a s t a cansarse, hasta caer en el a icnto chorreando sudor, t t m b U u d o l e la e r í a d a pcriíla. Y cada cinco ó Stis días llevaba un lienzo nuevo le e m b a d u r n a b a con n u e v o s borroneSf sin acertar ó h a c e r n a d a q u e Virgen ni a u n fi ura h u m a n a st mejase. Los pintorcillos y los comerciantes de cuadros se hicieron presto cargo de la catástrofe: D. Bartolo h a b í a perdido los papeles, se había vuelto loco perdido. El desdichado pasó meses, años, a r r a s t r a n d o sin dii: nidad sus h a r a p o s y su locura por las g a l e n a s del Museo, V a n o g a n a b a un cuarto; se moría d e hanibreA u n q u e n o m u y sobrados d t recursos, muchos de aquellos jóvenes Ic socorrían á veces llenos d e lástima; por caridad le prestaban lienzos embo unados, paletas y pinceles viejos p a r a que prosiguiera en sus desvaríes. Sólo u n a cosa le c o n s e n a b a en pie: la indij; nnciónf la rabia, q u e nunca se e x t i n g u í a en j, u pecho, l l o v i d o por ella u n día, arrojó l a paleta contra el jiagrado liwnzo dw Murillo, y en poco estuvo que no le manchase 6 le rojupiese... Rctir iroule los porteros y It prohibieron I t entrada. T a n t o d e modelo para tipos d e borrachón, de soldadote viejo de l landLíS y otros por el estilo. Aquella cara idiotizada, aún r e l a m p a g u e a á ratos entre un chambergo viejo y n a a valona rota; á r a t o s a ú n cuenta PUS extrañas teorías y SUS ífirríbles desgracias, y cuando está de vena es u n a comedia el oirle. r NAVARRO V L E ü E S i l A tiniliJOa D ALtlGUTl