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m BAaiOLO iPiILLfl L apodo, obra de la coinpasiün dtüpredath- a cmi que IOR j Vcnes principiínites saben lotimr venEflrizadelasdogmática pedanterías de los viejoíi. so lo híibÍEvij puesto al aticiñuo pintor los luucbaclios y m u chívchas que asiduamente concurrcíi ai Museo del Prado á enaborronar lientos. Y á la le caía niviy bien, porque si la cabeza írraiide v altiva, rff rscuel j rspaíioía, iududable ¡nente tenía un aire uoble ¿imperioso como tic per- íonaje velazquino, de aquellos que con ti agudo pico de la perilla canosa acentúan v TÍ? matan la voluntariedad de la quijada saliente, en cambio ti cueqterdlo escurrido y peqneíio, como de ave desplumada, las piemecillas cortas, divorciadas y nada prí p ¡cias á juntarse como üo fuese por los taloiic? y el trajepobrísímo lleno de calvas y rancheadf de lamparones deslucían y estropeaban el porte señorial de la testa orgnllosa. Es decir, quií tenía el viejo una p a r t t a l t a y casii 1.1 á la cual cuadraba bien el sonoro nombre de Mnrillo. 3 otra parte ridicula y caricaturesca, en la qntí no dejaba de convenir con el apayasado personaje AG Ei hitrhcFod Scv I. t, Malas l e n p i a s aseveraban, y gnízds lio iban mny lejos de la verdad, que en pasados tiempos D, Bartolo Ij. ibíatcuidOf como el doctor se villani alguna preciosa í inestimable y que guardar, y sej iíu anadian, -r fi f f taíi desdichado como su homónimo, se la había dejado robar, uo sabemos si por A- lmaviva d por Lindoro; total, por alR; i (n avisado Irülittn Í UC SC iba tras h t x o, mientras D. Bartolo se embebecía con lo pintado. Historia auiigna era aquélla difícil de investigar y de poner en claro. Lo único cierto era que D- Bartolo MurilIo estaba siempre de un humor de perrosPorque ya es ocasión de hacer coüstar que el agrio, el cejijunto, el insoportable D. ílartolo, cuyo corazón era todo hieles, y cuya boca toda era juramentos, no hacía ni había hecho en toda su existencia otra faena artística síno la de copiarlas Concepciones de su homónimo el ran artista sevillano, y de allí no babía quien le sacase, porque el hombre no acertaba ni á dibujar por su cuenta ojo, nariz ó flcdo, iji mucho menos á copiar de Vcliizqucz, de Tiziano ó de cualquier otro autor que no uicsc el de Sanía hülít Si alguna VCT bahía sido joven D. Bartolo, cosa que todos cuantos le conocían ponían en duda, l o es absurdo suponer que en tan apartados y remotos tiempos quizás sufto hacer algo más que aquéUo; pero en la sazón y punto en que le vemos, no sólo se babía limitado á copiar ú. Mnrillo, sino que aun de este pintor copiaba únicamente las Concepciones, pareciyudole bagatelas despreciables todos los demás cuadros. Todo esto apenas merecería recordarse, á no constituir uu caso verdaderamente extraño y diario de tstudio la psicolog fa artística de aquel pobre hombre cuya alma estaba llena de ferocidad y de insano aborrecimiento contra cuanto no íuc- sen aquellos tres líenr. os (las dos Concepciones de cuerpo entero y la de medio cuerpo) á los que desde hacia treinta y más aiíos venía amarrado su misero vivir. Al llegar aquí podrá presumir alguien que á semejanza de otros muchos hombres de carácter irascible y violeiitOH en la exterioridad guardaba D. Bartolo en su alma algún inesperado y riquísimo venero de ternura y dulcedumbre, de apasionamiento amoroso, de unción mística ó siquiera de entusiasmo devoto. Nada menos cierto. Fuera por sus pasadas y misteriosas desgracias, por la estrechez de su vida ú por lo qne fuese, Murillo Hmnío era un hombre absolutamente seco por dentro como por fuera, y el humor endiablado de qne alardeaba respondía, en efecto, á un endemoniado carácter. Pero lo notable, lo inaudito V peregrino del hombre aquél era que la acritud y aspereza del eniaUe traducían artísticamente en un aman era miento empalagosísimo, en una suavidad tan rebviscada y antipalii. -a de Cí. lores v de tonos, que á los pocos admiradores de Mnrillo que entre la gente joven quedaban, acometíanles- cada vez que le veían tenninar una copia, deseos violentísimos de emprenderia á paletazos con el chiflado viejo, No hay manera de explicar aquí hasta qué inverosiniii extremo llevaba el tnste D. Bartulo su afán de fi- 3. fr Jíí r, jüjK ri i. jii Hica! acaramelando los tonos ya en demasía blandos del original, didcificando las medias tintas y envolviendo el rostro y el cabello de los vírgenes en azulada veladura, para liaccrios aparecer como cosa ensoiíada y vista en deliquio inefable ó en dulce transporte y arrobamÍi: nto- NÍ la madre que la parió habría reconocido en aquellas liguras hechas de humo y de gasa a