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Arribamos nosotros á Suances por vía marítima; una lanclia, á golpe de remo, nos llevó mansamente por la ría tortuosa desde la estación de Requejada, de la línea del Cantábrico, donde se deja el tren. BÍ paseo es de los que brindan incomparables encantos, y ni dura tanto que la embarcación canse y el banco del bote parezca duro de muelles, ni se acaba tan pronto que al excursionista no se le deje tiempo de admirar largo rato las lejanías de Polanco y de Torrelavega y Reocín, los altos de Cortiguera, las mieses y el pintoresco caserío de Cudón, las dunas de Cuchía, y el camino, en fin, plateado y magnífico de la hermosa ría, que se revuelve cuatro veces por entre las colinas para- T llegar al malibre, encauzado á lo largo por interminables malecones que cubren los pleamares de las mareas grandes. En la caleta, al pie de las ruinas de una vieja torre que aún se alza en la entrada de la ría, están las fábricas de conserva de pescado, industria importantísima que representa para Suances muchos cientos de miles de pesetas. En la playa grande están las fondas, los chalets alquilables, -las hospederías humildes y las casitas aisladas de particulares, que se ocupan en la tempo- rada balnearia por sus dueños. Alguna se ve de personajes. No son lujosas; ninguna llega á tanto: tienen, lo más, aspectos del bienestar de sus dueños. íkc i m B S íi J S- -y UN TROZO D E LA R Í A Núñez de Arce, el gran poeta que acaba de morir dejando eterna memoria, conocía esto bien. El murallón vacilante de la vetusta torre que ofrecen aquí las fotografías de lyinacero, el corresponsal artístico de BLANCO Y NEGRO, le inspiró la primera décima de aquellas magistrales de su poema M vértigo. Todavía, aportillada y todo, desmoronadas las saeteras de lo alto, cegado el foso, desaparecida la muralla que la circundó un tiempo, y amenazante y ruinoso lo que aún se conserva en pie de la imponente masa del castillo, podría entender cualquiera el parecido. ívs lo que más fuertemente atrae allí la atención del viajero. Con ser tantas las grandezas del lugar, aquella mole, ruinosa y vacilante como todas las tradiciosugestiona de modo poderoso. pie de ellas, trepando al risco en que se asienta por el sendero qiie sube desde la a, secan y componen sus redes los pescadores de Suances sin pensar en leyendas saber que allí mismo labró en bloques soberbios otro gran monumento un gran a enamorado del mar de Cantabria... JESÚS OTS. UNACERO BE COSPEDAL