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i y- 1 -ir a r eran unas tonterías... Ella se acercó. En lo. s carbones por donde miraba brillaban ascuas: su ceño se fruncía trágicamente; las alas de su nariz palpitaban de fitror. Nunca la había visto Federico así; y sin embargo, era una expresión que se adaptaba bien al carácter de su fisonomía, ó mejor dicho, patentizaba su fisonomía verdadera. El terror del enfermo paraliiíó hasta su lengua. Por instinto pueril quiso ocultarse bajo la sábana. -No te escondas- -articuló ella despreciativamente, pisoteándole con el acento. -Mira que si te veo tan miedoso, me re- i- ré de ti. ¿Comprendes? Me re- i- ré. ¡Y es lo único que le faltaba á mi venganza para consumarse! ¡Reír! ¡La risa! ¡Oh! ¡Cómo te aborrezco! Ya no callo mas... Federico la miraba extraviado, loco. ¿Tendría pesadilla? ¿Era ya la muerte, la fea muerte, la condenación, el castigo de ultratumba? ¿Era la forma que tomaba, para torturarle, su conciencia de pecador? ¡Juana! -tartamudeó. ¿Estoy soñando? ¿Venganza? ¿Me aborreces? Ella se aproximó más; acercó su boca á la cara de Federico, y como filtrándole las palabras al través de la piel, repitió: -Te aborrezco. Me creíste oveja. Soy fiera, fiera; oveja no. Me ofendiste, me vendiste, me ultrajaste, torturaste mi alma, me enloqueciste, me alimentaste con ajenjo y con hiél, ¡y ni aun te tomaste el trabajo de reconocer que mi juventud se marchitaba y se ajaba mi hermosura y se torcía mi alma, íintes confiada y generosa! Y cuando te sentiste herido de muerte- -de muerte, sí, y pronta; ¡lo has acertado... -entonces me llamaste: Juana, á servirme de enfermera... Juana, á darme la poción... ¡Y lo hiciste de un modo sublime, Juana! -sollozó él. Y fuiste una mártir, á mi cabecera! ¡No lo niegues, querida mía! ¡Perdóname! Juana soltó la carcajada. Era su reir un acceso nervioso; asemejábase á una convulsión, que retorcía siis fibras. ¡Sí que lo hice! -repitió por fin, dominándose con energía tremenda. ¡Sí que lo hice! ¡Vaya si te di la poción! Cada día te di la poció ¿i... ¡que más daño te hiciese! ¡Aquella y no otra! ¡Ah! ¿No lo sospechabas? ¡Tú sí que has sido engañado! ¡Tú sí! ¡Tú sí! Oyéronse toquecitos en la puerta. Ea voz respetuosa de un criado anunció: -El señor Doctor. Y entró el joven médico, guanteado, afeitado, afable, preguntando desde el umbral: ¿Cómo sigue el enfermo? ¿Y la incomparable enfermera? iA PARDO BAZAN i- í jOí: D E H DS 7 LÍIÍIXGA