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troncos rugosos sostienen frondas susurrantes que cantan á dúo con las aguas la canción vieja y siempre nueva; y bajo las frondas hay tapices de césped que invitan al descanso y á la dulce pereza del espíritu. Tendido sobre ellos, si se mira á lo alto, ei- movimiento de la verde techumbre forja rimas sin letra y suscita cantares sin sentido; á veces, apartándose las r a m a s un trozo de cielo se ofrece azul y límpido como versículo de revelación; y los ojos guardan largo rato el deslumbramiento de su centelleo, tanto, que han de cerrarse vulnerados por la e s p a d a de luz. Y cuando se han cerrado parece que el reino de la paz comienza en el espíritu. Yo no sé cuántos ruidos diversos com p o n e n la voz de nuestra madre Naturaleza, pero sí sé que se oyen á la margen del río, bajo los árboles, aleteos de mariposas y trinos de pájaros y saltos de ranas que en la corriente se chapuzan, revolotear de hojas que se han de. sprendido v v a n buscando donde morir... Y sobre todos, c o m o fondo, como pauta, como ambiente, ese especial rumor del aire que á los rayos de sol vibra como na lira que estuvieA ORILLAS DKL M. AXZANARF. S se muy lejos. Pasa una chicuela cantando: lleva en la falda recogida rico botín de flores de malva, y en el rostro moreno muchos besos del sol. Más allá el paisaje toma aspecto señorial: la perspectiva se abre, el río por un instante se torna profundo y las aguas verdean con quietud de lago; hay en la orilla una espesura que cierra el horizonte y hace pensar en parques feudales; acaso las almenas del castillo campan más allá, del otro lado de las frondas. Bien á la orilla se desmayan los sauces: sus cabelleras verdes lamen las aguas, llorando su eterna viudez; las ramas dislocadas adoptan actitu les gemebundas, y b á s t a l a hierba que bajo ellas brota es finay atildada como de parque, como de jardín. En la humedad abren los tréboles sus hojas, ya bucólicas, ya cabalísticas, pasto de corderos, portadores de felicidad, esas que las chiquillas guardan en dijes como promesa de noviazgo temprano y de amor perdurable. A la sombra melancólica y tembladora de los sauces, un tropel de arrapiezos se baña y se baña una hora y otra hora y siempre: saltan como delfines persiguiendo los peces escasos y las ranas, y los pescan sin redes ni anzuelos, á salto libre y á puñada heroica. -Pero muchachos, ¿no tenéis frío? ¡Ay, señorito! si se pasan la vida en el agua. Y el sol se ríe sobre su piel moruna, el sol implacable de Madrid; porque estas aguas quietas y estgs boscajes de álamos y e. stos sauces que lloran y estos nenes que ríen y se bañan, hállanse acá en la corte entre las puentes Segoviana y Toledana; porque este río es nuestro calumniado Manzanares, y estas frescas orillas son las que á D. Francisco de Goya sirvieron de fondo y dosel para las gentiles figuras de sus majas. G. MARTÍNEZ SIERRA FOTOGS. DE V. M. SIERRA