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fJ J ae agua que va saltando de peña en peña c o m o chiquillo loco. Y los sones solemnes, profundos, agudos, ris lie ñ o s susurrantes, se m e z c l a n en concertada sinfonía, que parece la voz de la. s montañas d i c i e n d o himnos. Y aqueste gozo para el oído es también júbilo para la vista, por que las aguas caen espumosas, vistiendo de blanco el rudo pedregal, e n g a l a n á n d o s e ellas á su vez con la vestimenta polícroma que arrancan á los rayos de sol. Asi es el c a m i n o así se entra en el valle, bañado en aire diáfano y vestido de serenidad. Y eu el valle nace un río, que parece de nieve, alborozado y rumoroso. Y en EL BALNEARIO las murallas de granito qae cierran el valle brotan más fuentes y más cascadas, y más arriba duerme un lago, espejo del cielo... Los días pasan en la solemne monotonía propicia á los saboreos de la belleza. Llueve algunos, y entonces gravita sobre los montes una como tristeza romántica y ensoñadora, tristeza de novelas caballerescas leídas en la infancia; y otros amanece el cielo radiante, y el aire ligerísimo parece no existir, y las aguas que caen de los montes refulgen, y las cimas rebrillan azuleando, y el suelo húmedo bebe con ansia la caricia del sol; y el alma, como el cielo, viste sus ensueños de luz y dice: bien creo que la vida es alegre y que vale la pena de vivir. Y luego el aire tenue, propio de las montañas, parece que aliviando los pulmones, aligera los pensamientos Pero con todo- -se dirá, -es Panticosa lugar de tristeza: los enfermos, los muertos acaso... Yo, respetuoso con los grandes misterios, no tengo formada opinión sobre la bondad o la maldad absoluta de la naturaleza humana; pero creo experimentalmente. en la perfección de SU egoísmo. De aquí que los sanos se dejen influir harto escasamente por la tristeza de los que padecen enfermedad: además, en estos lugares la muerte se esconde con cierto femenil pudor, los enfermos se encierran. Hay, sin embargo, notas melancólicas: algunas mujercitas vestidas de blanco con ficticios arreboles de carmín pintados sobre la palidez del rostro: coqueteando con la muerte y soñando en vivir. Y cuando pasan gráciles en horas matutinas, su soiireir, que quiere ser alegre, hace llorar. G. MARTi EZ SIERRA FOTOGRAFÍAS D E M. VICTORIANO SIERRA