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PANTICOSA 1- 1 E aquí un nombre ensombrecido por algo t é t r i c o la vieja tradición de la muerte, causada por el mal terrible e n a m o r a d o de la juventud. Hasta hace poco tiempo, significaba Panticosa algo nomo último alarido déla vida que quiere perdurar frente a l a muerte, que, acaso sin quererlo, pei- dura. Por suerte, descubrió la ciencia que las aguas del hermoso valle pirenaico, más que curadoras, son preservadoras, y desde entonces van á buscar alivio en sus virtudes tantos aprensivos como enfei mos. Merced á lo cual, disipada un tanto la sombra temerosa que sobre ellas pesaba, p u e d e n las naturales bellezas ostentarse á todo sabor para solaz de los que aman á la tres veces santa Naturaleza. Y á fe que son grandes las belleza, tales. Queda el tren en la estación de Sabiñánigo como detenido por el baluarte de montañas. Allí un Icindau aguarda al viajero, y comienzan seis horas de maravilloso caminar ascendiendo, que es dos veces camino y dos veces encanto. Hay en la Naturaleza una soberana sugestión que universal mente se ejerce, y es la sugestión de las aguas. Poetas y no poetas, refinados y rústicos, todos se detienen para mirar el mar que se agita, la fuente q u e b r o t a e ¡arroyo que pasa, y el rumor de las aguas que cantan ó que rugen es la música aquélla ensalzada en prosas y versos, que va bien con todas as letras que dentro del alma J l e v a n j o s Pues bien; esta música táñenla en las montañas aquellas innumerables tañedoras. Ya es la cascada fuerte c o m o t o r r e n t e que se despeña con bravió estruendo; ya es la corriente m náa que serpea buscando declives suaves; ya es el hilillo