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prendió que unos pedazos de marfil ó de nácar no podían ejercer el poder sugestivo que las mouedas y los billetes. Parece que al dinero moneda ó papel, por recoger en los bolsillos algo que es muy nuestro, un poco del calor de nuestro cuerpo, se le tiene más cariño. Pero ¡las fichas! ¡quién guarda cosa tan molesta, tan antipática... Por eso cuando un afortunado mortal se retira de una mesa con un canastillo lleno de fichas, deja que le asalten femeninas manos, ayudadas en la acción por embriagadoras sonrisas de perfumados labios y por centelleantes miradas de lascivos ojos. Por eso el indolente punto que por su facha parece príncipe de estirpe rusa ó rey de trust americano, pide con frecuencia á los comisarios de salón puñados de fichas, cuyo valor, partida por partida, va apuntando con lápiz de oro en el estucado puño izquierdo de su camisa. De seguro qué si es ruso condena el nihilismo, y si es americano condena el anarquismo, y si es elocuente hace un derroche de doctrina al hablar de esos insensatos que cuando no tienen dinero ni trabajo, pero sí hijos y hambre y frío y enfermedades, hablan mal y aborrecen á los poderosos que ponen á una carta ó dan por una sonrisa incitante lo que constituiría la tranquilidad, la salud, la felicidad de una familia. Al del canastillo de fichas, sobre el cual cayeron cogió mariposas sobre deslumbrador foco de luz mujeres de suprema elegancia, Venus desprendidas de los tapices y á medio cubrir (aunque no á medio señalar sus ideales formas) le vi salir una noche después de cambiar un montón de fichas por oro y papel. Bran las cuatro de la mañana, y llovía torreucialmente. Cerca de la marquesina había varios coches. Dormían los cocheros bajo aquel diluvio. Son seres semianfibios. El nuevo Midas que trocó en oro pedazos de marfil con sólo echarlos sobre el mármoJ blanco de la caja, empujó con el bastón al auriga durmiente que estaba más próximo. -Al Grand- Hotel, -le dijo disponiéndose á entrar en el coche. Pero se detuvo un instante y agregó: ¿Cuánto me va á costar? -Cinco f r a n c o s señor, -contestó el infeliz cochero irguiéndose para sacudirse el agua y el sueño. ¿Cinco francos? ¡Cinco tiros! Vete á robar á otra parte. Se levantó la solapa de! gabán y echó á andar hacia el Hotel... ¡sin que hubiese una pulmonía perdida para él! Á N G E L MARÍA C A S T E L L