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BIARRITZ Rícueríio k Ca Íno í AGNÍPiCAsala... mejor d i c h o i magnífico templo! me figuro qtie las Venus que el atrevido pincel de un pintor tra ó en los tapices que cubren las paredes, tomaron vida y dictaron al artista los caprichos de s u j u v e n i l inspiracien. Desde las olas que acarician sus esculturales c lerpos, ó desde las capas de e s p u m a que como sábanas de brillante e n c a j e las envuelven, debieron apuntarle su deseo con igual d u l z u r a que uando murmuran frases misteriosas de ardiente amor. -Nada de tintas fuertes- -dirían; -nada de colorines que alteren nxiestros nervios y hieran nuestra exquisita sensibilidad. En todo espacio donde no liayamos de vernos retratadas, en techos, columnas, escocias, frisos, cornisas y paneles, emplea los colores más suaves. Por ejemplo, el blanco. No es el blanco símbolo de la pureza... según dicen los que la conocen? Pues, artista, emplea el blanco. Y el rosa. Un rosa muy pálido, que apenas se destaque sobre el blanco. Y el azul, también muy tenue, como el de los ojos de la más rubia de nosotras. Inspírate en nuestros cxierpos. El blanco y rosa de nuestra carne. El azul de ntiesíras venas. ¡Ah! y el oro de nuestro deseo. El artista obedeció. Con esos tres colores y con oro pulverizado decoró dos salones que, aunque grandes, inmensos, resultan ligeros, vaporosos, bellísimos: labor de nácares engarzados con oro. Sin embargo, hay dos notas de color chillón que contrastan horribleniente con la delicadeza del colorido de techumbres y muros. El rojo de las alfombras es más encendido que el de los labios de las Venus dictadoras. Y más verde que su pensamiento es el tapete de las mesas de juego. Carie... Oai... A on... Banco... Bacarrat. Estas palabras Suenan monótonas centenares de veces. Son las únicas que se oyen. I as demás, -que son muchas, se murmuran. Su murmullo se confunde con el rumor que prodvjcen las sedas y encajes de los vestidos fen. iepinos al crujir ó al arrastrarse y con el eterno gruñido del mar, que se revuelve cercano estrellando sus olas al pie de los ventanales abiertos de par en par para que se renueve el aire de las salas, cuyo ambiente llenan el perfume de los vestidos de las pecadoras y el humo del tabaco de los jugadores. Sobre el verde paño resbalan los naipes, formando una ligera curva al ser empujados por los úedos del banquero, que los pisan con suavidad. Una pa- la de finísima madera las recoge y las entrega al jugador correspondiente, salvando la fila de m o n t o n e s de fichas blancas V rojas. ¡Easfi ilué cosa más i n g e n i o s a! El que pensó en ellas para sustituir al dinero contante y sonante, era un sabio. Conocía como nadie las flaquezas humanas, y coni-