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mmm Bi t jáJ recia haber caído en un pozo. Perdióse rastro de él á las pocas horas de su marcha de Amastris. Hasta se ignoraba por dónde saliera del reino paflagónico. Mikal, el discreto, decía á Morsés: -Sangar no hace nada de provecho, puesto que su nombre no suena. Ya n o qvtedan 7 más que tres competidores. Al final del año, si quedan dos será todo lo más. Acaso tan sólo regrese á Amastris uno de los príncipes ó no regrese ninguno, y así se resolverá el conflicto de muy sencillo modo. III Mikal se equivocaba. El día señalado, entraban sucesivamente en Amastris, cada cual por distinta puerta, los cuatro pretendientes á la mano de la bella Zarpenit. Temprano llegaron los príncipes de Bubastis, de Etiopía y de la Iridia, ufanos los ti- es, seguros respectivamente de su triunfo y seguidos de poniposo acompañamiento, mayor en número y mucho másrico que el que trajeran doce; meses antes. Con calles empavesadas y tendidas de juncia y laurel, al son de adufes, tímpanos, crótalos y trompas los recibió uno por uno la alborozada y curiosa muchedumbre. De anochecido y cuando ya se. había dispersado el gentío callejero, entró el príncipe Sangar en la capital de Paflagonia. El escaso público que le vio p a s a r n o t ó al punto que las personas de su, séquito eran lass- mismas del año anterior y con los mismos trajes, pero arrugados y oliendo á drogas, coino si los hubieran tenido hasta poco antes muy guardaditos en arcones, al abrigo de la polilla. Por esto las gentes se reían de Sangar, y E mediavoz le llamaban tacaño y majadero. Sangar, sin hacer caso, marchaba hacia el regio alcázar, donde ya estaban Osorkon, Hiradés y Kamit reunidos en la sala del trono con el rey Morsés, su Real Consejo y escogido público de magnates, todos los cuales tan sólo esperaban, para celebrar el concurso, ó bien la llegada de Sangar, ó bien que venciera el plazo señalado. La princesa Zarpenit brillaba por su ausencia. Morsés y Mikal, reflexionando en lo versátiFy extraño del carácter femenino, habían decidido prudentemente que Zarpenit no presenciase el concurso. Con ello querían precaver el posible peligro de que la princesa fuese á enamorarse de sopetón de uno de los tres candidatos que salieran derrotados, negándose luego á casarse con el triunfador ó casándose con él muy contra el gusto de ella. Apenas entró Sangar en la sala con sti séquito, y así como hubo saludado al rey, abrió éste la sesión, y dirigiéndose á Hiradés le dijo: -Tú, ¡oh príncipe! entraste hoy el primero en Amastris. A ti, pues, t e corresponde hablar primero. Hiradésftomó ufano la palabra: -Señor, para no cansarte, diré tan sólo que he recorrido tierras ignotas, que he surcado el Mar Tenebroso y que he visto y hecho cosas singulares. Como resultado de ellas te traigo el Bálsamo Eficaz, con una sola gota del cual se curan al punto las más graves heridas. ¿Qué ñon más precioso para un monarca que tiene que guerrear frecuentemente? -Y el príncipe sacó de su flotante manga un frasco. lleno de cierto líquido bermejo. ü n murmullo de admiración acogió el discurso de Hiradés. El rey le felicitó y dijo luego: -Que hable Osorkon. Entonces el príncipe de Bubastis se expresó así: -También seré yo breve. He visitado países fabulosos, llegando más allá de la última Tule. No hay por qué referir mis altos hechos. I a fama los trom-