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La princesa permaneció minutos pensativa. Al cabo, replicó á Morsés: i- -5 -Gracias te doy, ¡oh padre! por áejarme libre de elegir á quien me plazca; pero, en verdad, no siento inclinaciónpor ninguno de los cuatro príncipes. Reconozco, no obstante, que gallardosfytdiscretos. son los cuatro. Ko repvtgno ser esposa del que tú señales. Renuncio áfla elección. Reflexiona, por tanto, nuevamente, y acude si es preciso á las luces de tu Real Consejo para decidir cuál de los príncipes, aí ser esposo mío, traerá al reino más ventajas, que yo, sumisa, acataré tu voluntad. Diclio esto, Zarpenit, pidiendo licencia á su padre, se retiró tranquila á sus estancias. II Morsés qiiedó solo, y viendo que no le sacaba del apuro la contestación de su hija, decidió seguir el parecer de ésta, para lo que mandó llamar al punto á su Consejo Real. El Consejovse componía de los siete magnates y sacerdotes más sabios del reino paflagónico. Tres horas estuvieron reunidos Morsés y los siete discretísimos varones. Al cabo de ellas y de mucho discutir sin que recayera acuerdo alguno, Mikal, el más viejo y agudo de los consejeros, imponiendo silencio á los demás y dirigiéndose al rey, habló de esta manera: -Señor: en vista de la diversidad de opiniones d é l o s consejeros y de que los cuatro príncipes, sobre poco más ó menos, y al parecer, tienen mérito igual, te propongo el siguiente modo de resolver la cuestión: Abramos un concurso entre ellos. Démosles un año de plazo. Sea luego elegido aquel de los pretendientes que. corriendo mundo logre hallar y traerte en ofrenda la cosa que sea más rara y tenga más alto valer, ajuicio de los aquí presentes, reunidos en tribunal el día en que expire el plazo concedido. De tal modo, se aquilatarán y diferenciarán mejor las cualidades de los cuatro candidatos y saldrás seguramente de dudaslsin agraviar á nadie, ganando acaso además algo de inestimable precio. Parecióle bien al rej el consejo de Mikal, y aquellai niisma noche, al final de un banquete que daba á los príncipes, declaró á éstos lo que había decidido; Sangar acató gustoso la determinación del rey. üsorkon, Hiradés y Kamit rezongaron un poco, pero coiuo el monarca paflagónico siguiese impertérrito, acabaron por conformarse también con la sentencia del que cada uno de ellos, presuntuosamente seguro de descubrir algo muyíraro y primoroso, consideraba ya como á su futuro padre político. Al día siguiente, los cuatro príncipes salían de Ánrastris con sus séquitos y sejlanzaban porfel mundo en busca de objetos maravillosos. El mismo día, Zarpenit, por orden de, su padre, se retiraba á una regiasfinca, cerca de la capital. Allí había de permanecer hasta que regresasen los trashumantes candidatos. Zarpenit tenía que dedicar el año entero, según costumbre paflagónica, á adobarse, pulirse, untarse y restregarse con miríficos ungüentos, pomadas, esencias, pastas y polvos, á fin de qne su suave cutis se suavizase aún más y se enlozanaseVaún más, si era x osible, su garrido cuerpo, acicalándose toda ella con esmero minucioso, de suerte que, al verla, el elegido príncipe se hiciera de mieles y le brincase el corazón de puro gusto. En sucesivos meses, por mercaderes extranjeros que llegaban á Amastris, Morsés fué sabiendo vacamente algo de lo que ociirría á los. príncipes Osorkon, Hiradés y Kamit. Decíase de uno ú otro de silos que había tenido- tal ó cuál estupendo lance; que recorría luengas tierrasíhabitadas por extraños seres, ó que había conquistado algún talismán ó dije mágico. Del príncipe Sangar nada se sabía. Pa-