Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL) MAYOK TESO- RO JWÍ ORSÉs el Gran de, rey de Paflagonia, envuelto en rozagante túnica bermeja, y s e n t a d o en áureo trono, meditaba profundamente en la. sala mayor de su palacio. Frente al re 3- en el otro extremo de la estancia, de pie y mudos, estaban apiñados altos personaJes palatinos. Los rayos del sol, penetrando por el amplio balconaje abierto en uno de los muros, quebrábanse en los cascos 3 corazaí 5, arrancándoles vividos destellos; matizaban de t o n o s más claros los vistosos ropajes de los proceres p a f l a g ó n i c o s bañaban de l u z las pinturas de las parodes, donde se veían r e p r e s e n t a d a s las triunfadoras guerras de los aiitecesores de Morsés, y rebotaban en las cinceladas crie numerosos y enormes por cadenas de plata, pencuyos casetones de már. ban sumidos en lasombra. n Iorsés; pero en ella reajas de su túnica y centeidal cuajada de gemas r del rey, la tiara se había a algo de su grave digni) sadó para cortar los pense ladeó tu tiara cuando 1 su presencia, porque te- TTIW -S f I üu us, pues, peiiiuiiicciitii ctiuíiuuí, agaardando á que terminara la meditación del monarca. Este, por fin, se irguió en su trono, lanzó- an suspiro, enderezó la tiara con noble ademán, y dijo: -Que el eunuco Perkela avise á mi hija, la princesa Zarpenit, que la aguardo en esta sala, Perkela salió a l p n n t o de la estancia á cumplir las órdenes recibidas. A poco tomaba el euniíco á aparecer, precediendo á la princesa. Venía Zarpenit caminando lentamente, seguida de sus damas, y envuelta en ceñido cendal azul obscuro recamado de perlas, Jlacizas ajorcas de oro y pedrería rodeaban sus muñecas y tobillos. Calzaba sandalias de finísima piel bermeja. En su pelo, abundante, lustrosísimo, negro como las tinieblas y airosamente recogido en cocas, retemblaban piochas fúlgida. s y languidecían dos aromáticos lirios gilvos. Sil tez cetrina algo tenía del envero de los racimos dorado. s por el sol. Negros, ra. sgados y de mirar profundo eran stis ojos. Su boca semejaba una flor purpúrea. De diosa era su cuerpo, Su. s ademanes y su andar traían á la memoria visiones de barcos veleros surcando el Océano y de gráciles felinos deslizándose en las selvas. Cuantos la veían, siguiéndola con la nairada, forzosamente murmuxaban: ¡Hermosísima y singular mujer! ¡Quién tuviera la dicha de ser amado de ella! Al llegar frente al trono se detuvo Zarpenit se inclinó delante de lorsés. El rey mandó entonces despejar la sala. En ella quedaron solos el soberano y su hija. Sentóse Zarpenit en las gradas del trono y aguardó á que su padre hablase. El rey meditó un rato; luego dijo: -Ya sabes, hija mía, como, atraídos por tu discreción y tu hermosura, á Aniastris, mi capital, han acudido al mismo tiempo, para pedirme tu mano, cuatro príncipes mozos y arrogantes, herederos de poderosos rej- es amigos míos. Con cualquiera de los cuatro me conviene que te cases. La duda para mí está en la elección, j á la vez me duele, al elegir á vino, desairar los otros tres. Lo mejor será que: tú decidas. Conoces á los cuatro. Dime á quién prefieres: si á Osorkon de Bnbastis, hijo del Faraón de Egipto; si á Kamit de Etiopía; si al rubio. Sangar, heredero del trono de Drangiana, ó á Iliradé. s. futuro señor de la fértil Lidia. Aquél que tú designes, esposo tuyo le declaro.