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y llegó á ser su discípulo y su compañero al mismo tiempo. Mas he aquí que un día la tempestad estalla y le sorprende en alta mar. ¡Yano luchar! la barca, juguete un rato de los elementos enfurecidos, se suinerge; el niño perece, y él mismo habría sucumbido si otros pescadores más afortunados no le hubierau encontrado al día siguiente montado en una tabla, sin aliento, casi exánime. Luego vinieron largo. meses de enfermedad en un hospital, seguidos de la muerte de su mujer, de- la pobreza, del abandono completo, de la miseria negra, de esa miseria que obliga á pedir pan y abrigo para poder vivir. Los primeros años de- su infortunio se pierden y confunden entre la vulgaridad de infortunios análogos. sin que durante ellos el pobre limosnero tuviera otro consuelo que el de ir de cuando en cuando á la orilla del mar, en la cual permanecía largas horas; mas poco á poco aún este consuelo fué sién dole vedado, pues el peso de los años y la agravación de su enfermedad no le permitían andar mucho. Al fin tuvo que renunciar á el. ¡Ya no podía ir á sentarse á la orilla del mar, su amigo y su verdugo al mismo tiempo ¡Ya no podía verle para, confiarle sus recuérdese increparle su crueldadl ¡Ya no podía ir á pedir olvido á su inmensidad, en que todo se pierde; consuelo á sus clamores, que toda voz iHcalian; fortaleza á su pujanza, que todo lo destruj e! El mar le hace falta, la nostalgia del mar le devora, el deseo de verle crece en su alma como una obcecación. Quiere verle como el desterrado anhela ver á la Patria ausente, como el hijo ansia ver á la madre, como el enamorado suspira por ver á la adorada de su corazón, y no puede realizar su deseo; no, no lo verá más; cada día que pasa le aleja más de él V le aproxima á la tumba. ¡jMorir sin haber visto realizada la liltima, la única ilusión de su vida! Xo pude más. -Conque, tío Machín, ¿quiere iisted ver el mar? pues ahora mismo va usted á verlo. Que se rieron de mí las personas que en el café se hallaban, al ver que mandtiba parar un coche y que después de ayudar al viejo mendigo á subir á él me sentaba á su lado, no ha -para qué decirlo. Qué me importaba? ¿Qué se me daba que se burlaran los transeúntes, que me miraran con desprecio los amigos, que me desdeñaran las amigas y no respondieran á mi saludo, que todos me tomaran por- un loco de atar ó por un atrevido que se burlaba de las conveniencias sociales? Yo iba contento y tranquilo. El tío Machín no hablaba una palabra: ¡tales eran su sorpresa y su placer! El cochero, cual si hubiese adivinado mi intención, no nos condujo directamente, sino que haciéndonos dar un gran rodeo, nos hizo salir al paseo Marítimo en su parte más elevada, de modo que el mar se nos presentó de golpe á la vista. Estaba tranquilo como un lago: el sol, en ese momento en el cénit, lanzalja sviS rayos perpendiculares, y cual si todos se hubiesen dado cita en un reducido espa cio de la límpida superficie, formaban una mancha blanca, brillante, deslumbradora, que cegaba los ojos: hubiérase dicho jue era un mar de plata en ebullición. A lo largo, -un vapor de alto bordo surcaba las aguas majestuosamente, lanzando penachos de humo que la ausencia del viento permitía subir á grande altura, y que luego iban quedando esparcidos en el aire como vellones que una mano invisl ble hubiera ido escarmenando; algunas barcas de pesca se veían más cerca con sus velas desplega das, pero inmóviles... ¡Ah! dijo el tío Machín, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas hundidas y su barba des cuidada. Luego, tomándome la mano y queriendo besármela, añadió; -Esta es la mejor caridad que usted ha podido hacerme; Dios se la pagará. Muchos domingos se pasaron sin que mi pobre hubiese acudido, como de costumbre, al banco en que- solía sentarse; en vano pregunté por él, pues nadie pudo darme razón. Quizás el exceso de placer agotó sus escasas fuerzas y murió, mas no fué sin haber realizado la última ilusión de su vida. ¡Pobre tío Machín! J. TRAJANO MERA DIr. LMOS I r. M. Vr. TÍNEZ i. r: DE