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Klv Tío IvíACHIISr p t í o I Tachm era mifohre. No se crea que comienzo así por dármelas de caritativo, ¡olí, no! Desde luego la caridad que solía darle era tan pequeña, que no vale la pena de una jactancia: ¡una peseta cada semana! Era cosa convenida: los domingos, al salir de mi fonda después de almorzar, me esperaba sentado en un banco que por allí había; pasaba por su lado, le daba discretamente mi pesetilla, me lo agradecía, y... jhasta el domingo siguiente! A veces al alejarme del pobre viejo tullido y andrajoso iba pensjjidoen el. ¿Cómo viviría? De la caridad pública; esto saltaba á la vista. ¿En dónde? En algún c; ichitril, cedido también por caridad, debajo de una escalera ó en el fondo de un patio obscuro y húmedo; estose adivinaba igualmente; pero lo que más me hacía pensar era su pasado. Todo hombre es una novela en acción, y de é. stas las más interesantes y que más se desea conocer son á veces las de los miserables. ¡Cuántas aberraciones de la suerte, cuántas lágrimas no ocultan los andrajos de un mendigo! Decirle al tío Machín que me contasé la hüstoria de su vida me habría sido muy fácil, y con ella habría tenido tal vez materia para escribir una relación triste y capaz de hacer derramar lágrimas á las piedras: pero, la verdad sea dicha, nunca llegó mi curiosidad ha. sta el extremo de sentarme al lado d e un mendigo para escuchar la narración de sus aventuras, y hube de contentarme con saber lo que veía, esto es, que el tío Machín era muy viejo, pues así lo demostraban su cabeza calva, su barba blanca, su boca desdentada, sus manos tembloro. sas y sus pies pesados y torpes; tan torpes y tan pesados, que apenas podía andar, más que apoyado en dos muletas, suspendido de ellas. Así, pues, no fué. -pequeña mi sorpresa un día que, hallándome sentado en la terraza de un café bastante alejado del centro de la ciudad, le vi acercarse trabajosamente. ¡Cuánto esfuerzo le habrá co. stado llegar ha. sta aquí! pensé; y luego dije: -Adiós, tío Machín; ¿para dónde? -Al paseo Marítimo, me respondió. ¡Al paseo Marítimo! exclamé; pero, hombre de Dios, ¿cuándo va usted á llegar? El viejo se apoyó contra la columna de un farol, y después de dirigir una mirada llena de desaliente hacia el lado del lejano paseo, replicó con infinita tristeza: -E. S verdad, no llegaré nunca; ya no puedo más; ayer, antier, siempre me pasa lo mismo; apenas puedo avanzar hasta aquí. P e r o ¿qué quiere usted hacer en el paseo Marítimo? A esta hora no encontrará usted allí nadie á quien pedir limosna. -No es por la limosna, me interrumpió. ¿Pues... -Por ver el mar... ¿Por ver el mar... -vSí, señor, por ver el mar; ¡hace años que no lo veo! Bajó la cabeza y calló. Yo callé también súbitamente, invadido p o r u ñ a infinita piedad. La novela del tío Machín se me presentó á la imaginación sin necesidad de que él me la relatara. Me lo figuré nacido á la orilla del mar, en alguna aldehuela de pescadores: lo vi niño, jugando con otros niños como él y recogiendopiedrecitas bruñidas por las olas y caracolillos en la plaj a; lo vi joven y robusto ayudando á s u padre en las pesadas faenas de la pesca; más tarde, pescador él mismo, ejercía su oficio con afición y maestría; tenía una barca propia: ésta y el mar eran toda su fortuna. ¿Hacía buen tiempo? Las olas le esperaban, y con la alegría en el corazón se lanzaba á ellas para regresar después de ruda labor, cansado, mas no. abatido. ¿Estaban el horizonte negro y la mar bravia? ¡Quién dijo miedo! ¿Qué eran los vientos y las borrascas para una alma bien templada y un brazo vigoroso? Luego se casó. ¡Qué idilios los del noviazgo! ¡Qué idilios, no exentos á veces de lágrimas, los de las salidas al mar, y qué gozosos regresos á la playa, en donde le aguardaban los amorosos brazos de vSu esposa! Tuvo un hijo; creció el pequeñuelo