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sino por inciicaciones expresivas. Un nioviniiento de ceias, un entornar de ojos, se interpretan e- n el claustro; la imaginación de la encerrada hace lo demás. Los gestos y las medias palabras referentes 1 I. U 1 S se traducían para Sor Casilda de esta suerte: En pecado. Por consecuencia, en más tribulación y tormento que alegría. -Y rezaba, rezaba, con un ímpetu de esos que llegan al más misterioso. ¡Que J. uis, algún día, se arrepintiese y se salvase! -aunque a ella la fuesen cefradas las puertas divinas trasele las cuales no hay mentiras, ni tristezas, ni miserias, ni culpas... Y ahora que le veía indudablemente 2 n el primer peldaño de la escala del arrepentimiento, bajo la impresión de una catástrofe moral d e as que en un instante inmutan la conciencia, Sor Casilda, en vez de complacencia, sentía una piedad mímita, inmensa, arrasadora, que derretía su corazón y conmovía sus entrañas: algo muy trágico, muy hermoso y muy fuerte, que la arrebataba y la trastornaba, haciéndola olvidar en un minuto los propósitos y las aspiraciones de tantos años... Con la violencia del impulso de empujarlos, los hierros de la reja se incrustaban en su cuerpo enflaqtiecido y lastimaban sus afiladas y descoloridas manos, que pugnaban por alcanzar, al través de ellos, a Luis. El cual, ahora sollozaba muy bajo, quejándose como se quejan los niños cuando están enfermos y no saoen explicar su mal á las madres. La monja repetía suplicante: -Pero cuéntame... Pero di, Luis, di por Dios... Desahoga, desahoga... ¡No puedo! -gimió él, abrumado por lo inútil, por lo estéril de su agonía. -Casilda, no puedo Tengo ¿yes? una argolla de garrote en la garganta y noto vértigo en la cabeza. ¡Esa reja baila... ¡Tú tamDien. Es raro ¿verdad? que un hombre, un hombre que no es un necio ni un cobarde, se pono- a así por... por una... ¡poruña maldad de mujer! JNIira, estoy loco, Casilda; si digo algún disparate, perdónamelo. ¡Dichosa tu, que has logrado vivir lejos de estos combates! ¡Si supieses cuánto se sufre! No; ni lo sospechas Reza por mí... para que me muera pronto, ¿entiendes, hija mía? No vayas á equivocar la oración y solicites largo plazo de infierno. ¡Casilda, Casilda! Tú me has querido bien. ¡Compadece te de mí! ¡Que alguien me compadezca! Ahora sí que la reja bailaba- -mejor dicho, trepidaba como si fuese á desprenderse del rudo marco d e piedra donde sólidamente la fijaban emplomaduras enormes. La monja, rabiosamente, con el peso de su débil cuerpo y el escaso vigor de sus bracillos de anémica y sedentaria, pretendía arrancar el primer srurejado... Luis vio el sublime é insensato movimiento y lo agradeció con una mirada más dolorosa que las palabras. Sor Casilda redobló sus esfuerzos. Jadeaba, resollaba hondo y congojoso como el leñador cuando descarga el hacha; se estropeaba los dedos, se deshacía las muñecas, y repetía en su afán: ¡Luis! ¡Luis! ayúdame... Quiero salir. Ayúdame, rompámosla... Ltiis se encogió de hombros. Aquella locura de su pobre prima le traía á él, por contraste y comparación, á la realidad. ¡Romper una reja así! Y cuando por caso imposible la rompiese, ¿no era doble la reja? ¿No tendrían que arrancar la segunda, erizada de picos de hierro? Aquella reja era el propio destino de la monja; j? el suyo, el de Luis, aquel dolor desesperado é incurable, que arrastraría siempre consigo. Se levantó, y acercando el lívido rostro á un claro de la reja, murmuró: -Casilda... déjalo... No puedes, Casilda. No podemos. Y si pudiésemos... ¿para qué? D I B U J O S DE M É N D E Z liRINGA EMII IA P A R D O BAZÁN