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V E María: tú que eres santa sobre todas las santas, tú que sufriste tan grandes dolores por el amor de tu hijo, compadécete de mí, considerando el agudo dolor que sufro por el amado de mi corazón. Haz que me quiera como vo le quiero. Ca, stígale si me engaña, y castiga más á la amiga falsa que me lo roba. Aparta de él los pensamientos traidores y aparta de mí este amargo cáliz de los celos que me consumen el alma v la carne Mi cara está amarilla como la cera, mis ojos también amarillean, color de la melancolía j de las flores de muerto. Mi espíritu, absorto en sus tristes- pensamientos, no ptiede dirigirse a ti con devoción cuando te rezo. Mis oraciones salen- solamente de los labios. ¡Perdón! Perdóname esa irreverencia, ¡pero le quiero tanto! ¡Me atormenta tanto! Iranquihza mi corazón para que pueda adorarte con la fe de siempre. Yo te prometo ser mejor que soy ahora para ti: ser lo que fui ciVando los amores dulces alegraban mis ojos y coloreaban mis mejillas. Te prometo llenar de flores tu altar v de besos tu manto. Seré tu sierva, seré santa; viviré y moriré en tu amor; pero haz qué él me quiera como yo le quiero y castiga á la pérfida que me lo roba. VE, María: tú que por la gracia celestial penetras- n el alma de los hombres á través de sus cuerpos, como los pobres mortales vemos la luz encerrada tras los cristales del farol que nos alumbra: tú ves clarameiite los impulsos irresistibles que me empujan al pecado. He sido iracundo, vengativo, sanguinario; he derraigado la sangre de un prójimo; tú sabes bien por qué ha sucedido y cómo ha sucedido. Ese hombre me había provocado y había ofendido á la amada de mi corazón. Debí soportar con paciencia sus injurias; pero la juventud es poco sufrida: es mía la culpa. Le aceché, le seguí, le alcancé en una calle obscura, y allí en las tinieblas, sin que nadie me viera ni él me conociese, me cebé en su carne hasta que mis manos quedaron teñidas en su sangre. Nadie lo sabe, ni sospecha de mí. Reconozco mi delito; me arrepiento de él, y te pido perdón. Sé compasiva conmigo. Te ofrezco enmendarme y vencer, por tu amor, mis iras y soberbias, y convertirlas en paciencia y humildad. Pero haz que la justicia no sepa mi delito. VE, María: tú, bendita entre todas las mujeres, primera entre todas las mujeres, ejem pío y amparo de todas las mujeres; tú, que conoces nuestros dolores para consolarlos, y nuestras flaquezas para perdonarlas, haz que vuelvan á mi corazón las alegr- a. s. que se van apartando de él. Mi juventud ha pasado; mi existencia declina; los cabellos. que fueron rubios, grisean ya anunciándome la invasión de la nieve de la vejez, la dura nieve que nunca más se derrite. Y esas madejas grises se van extendiendo á n i i alma, con nubes de tristeza y desengaños. No te pido para mí el milagro de la eternidad corporal reservado á ti, níadre de Dios, que ascendiste á él en cuerpo inmortal. Pero retarde, retarda los signos d e mi vejez. No te lo pido por pura vanidad femenina, te lo pido, por conservar el amoi de mi marido. Los hombres de la tierra no son como lu santo esposo, que se prendó solamente de tus virtudes excelsas.