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abatir el cuerpo sobre un peñasco, acudió allí lanza en ristre. El arma del caballero se hundió en el pecho del dragón, que apresándola entre sus garras, intentó arrancarla de la herida, mientras escupía borbotones de fuego mezclados con espumarajos de sangre venenosa. Pero fué vana su defensa, pues el noble Sedig apoyó el peso de su cuerpo en la lanza, y el hierro, ahondando más, agujereó de parte á parte al fiero animal, que cayó muerto con terrible rugir. Fijo su pensamiento en Briselda, el noble, Sedig llegó al lago. Al haz del agua se ensanchaban las abiertas copas de los nenúfares; los juncos se mecían, y con su rumor, el viento trajo una súplica susurrante: Ven, ven junto á mí. No busques imposibles. Mi coiazón te llama; mis besos te e. speran. Y el cuerpo de la ondina blanqueó entre los tallos. Sedig se detuvo un instante. Acude, caballero galán. Lindo paladín, no huyas. ¿Ves mis brazos? Si con ellos cifio tu cuello, no ambicionarás otro collar. Contempla mis ojos, en su fondo duerme el amor; despiértale. Sedig, desdeñoso, reanudó su camino. No te apartes, gimió el monstruo. ¿No ves que muero sin tu cariño? Pero el enamorado no oyó. Anduvo algtmos pasos y se perdió entre los árboles. Phitonces el tercer guardián empalideció, sus contornos parecieron fundirse; 5- el cuerpo torneado, los traidores ojos, el cabello ondulante, se deshicieron rápidos, y la ondina, convertida en espuma, flotó entre los juncos. Vencidos los tres monstruos, el noble Sedig llegó ante el castillo. Su corazón latía, pensando que iba á contemplar la sin igual Briselda. Trompeteó su llegada, y al ruido la princesa abrió la puerta. Busco á la henaosa Briselda dijo el paladín. A tus pies se postra, agradecida y amante replicó la libertada, arrodillándos e estática ante la belleza varonil del mancebo. Este retrocedió un paso. No podía creer á sus ojos. ¿Era aquélla Briselda? ¿aquéllos sus encantos? ¡Oh tristeza! Comparándola con la imagen que le iluminó, el paladín sólo hallaba en la princesa hermosura vulgar, tan distante de la soñada como las estrellas del suelo. Te amo, salvador mío, dijo Briselda. Nuestra dicha será perdurable. Todos nos envidiarán. No puedo engañarte, suspiró Sedig; no me inspiras amor. Y mientras la princesa lloraba desconsoladamente, el paladín añadió: Frágil dicha es la fundada en la ilusión. Un suspiro del aire deshace SU apariencia engañosa. Sólo nos resta llorarla. MAUKICIO E Ó P E Z BAJO- RELIC tí HE COULI. AUT V. iLIir. A ROBERTS