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f j! VI- X J iP i f i ¿W í Ktff m. i. el Océano. Desde la costa se adivinaba, medio perdida entre brumas, la recortada silueta de un islote, separado de lá tierra por el oleaje turbulento de un canal. En aquella isla había de vivir la princesa, servida por sus doncellas y custodiada por los tres monstruo. quienes una vez roto el encanto que retenía sus furores, acometerían frenéticos á cuantos intentasen acercarse á la hermosa Briselda. Esta, Harrar, parte de la escolta y la jaula de seda y la de bi once, cruzaron el canal. Cuando Briselda quedó encerrada en su castillo, el rey hizo aproximar la jaula de la ondina al lago ue espejeaba ante la prisión de la princesa, y cortando las cintas de seda dijo á la criatura apri, sionada: Eres libre. Usa de tus maleficios, y piensa iue con ellos puede, evitar la felicidad de una mujer. Oyendo á Harrar brillaron rencorosas las glaucas pupilas de la ondina. Dejó caer la túnica con que se cubría, y hundiéndose en el agua, la blanqueó con el reflejo perlino de su cuerpo. Junto á unas rocas abruptas, Harrar abrió la jaula de bronce y el dragón voló en medio de un huracán de chispas, hasta una oquedad, donde el incendio de su cuerpo enrojeció la sombra. Y orilla alcanal, se rompieron á hachazos las ambarinas paredes que encerraban á la urca, y ésta, conmoviendo la pesadumbre de su masa, rodó hasta el mar, arrojando por ol hocico gruesas columnas de vapor. El rey y su séquito vieron á la urca levantar montes de espuma, embestir furiosa contra los peñascos del acantilado, y mientras la contemplaban, espantándose de aquel frenesí salvaje, un haz de llamas iluminó la tristeza crepuscular, y un canto suave palpitó voluptuoso en la brisa. Enton Señor de la Hébrida sonrió satisfecho. La hermosa Briselda estaba guardada. Sería feliz. -jjl terror y el espanto fueron lenguas que extendieron por el mundo l a fama de la hermosa y cautiva Briselda. El renombre de sus hechizos enardecía los corazones. Centenares de heroicos caballeros cruzaban el reino de la Hébrida para llegar al castillo donde se encerraba la princesa, y llenos de esfuerzo acometían la empresa de libertarla. Mas ninguno lo consiguió. Los más infelices perecían en el canal, aplastados por la enfurecida urca, cuyo ciego encono se cebaba en los Sarcos y en sus tripulantes hasta hundirlos deshechos en las verdes aguas. Quienes, esquivando la vigilancia del leviatán desembarcaban en la isla, fenecían todos, sofocados unos por el aliento caliginoso del dragón, hundidos otros en el lago por los ardides de la ondina. La brutal fuerza de la urca y el encendido furor del dragón podían vencerse, pero el engañoso alhago del tercer monstruo era irresistible. Fascinados por el suave cantar de la ondina, los caballeros detenían su paso. Entre las hojas lanceoladas de las cañas surgía el niveo cuerpo del tercer guardián. Los ojos de esmeralda prometían amor; los brazos, dispuestos á abrazar, ondulaban torneados y blancos cual cuellos de cisnes. La dulce voz susurrante murmuraba: ¿Para qLié seguir. La princesa no era tan hermosa como ella. Que se llegasen los paladines á donde estaban; que sintiesen en sus labios el húmedo frescor de los su os, 3 olvidarían todo. Las glaucas pupilas rebrillaban cual si ocultasen oro tras su gasa verdosa, y los dedos alabastrinos extendíanse, cariñosos, afilados, envolvedores. Los héroes se acercaban. Sólo un be. so, y luego seguirían su camino. Y el beso sonaba, y tras él un grito, el chasquido del agua que se rompe y se cierra luego sobre un cuerpo, y después Un canto dulcísimo, enervante, voluptuoso desfallecía en el viento, atrayendo más víctimas. Conforme transcurría el tiempo, aumentaba la celebridad de la hermosa Briselda. Belleza tan defendida había de ser irresistible. Los cantores populares celebraban en los patios de los castillos y en las plazas de las ciudades los encantos de la princesa, fantaseando sobre aquellos hechizos misteriosos. Tales loores encendían de amor el jiecho de esforzados caballeros, que partiendo en busca de la dicha sólo hallaban la muerte. Como ellos, el noble Sedig, hijo del Khan de Escitia, amó á la hermosa Briselda sin haberla visto, é impulsado por la pasión fuese en busca de la princesa. Kl amor del noble Sedig, hijo del Khan de Escitia, era profundísimo y acendrado. El mancebo veía en Briselda un ser sobrenatural y etéreo, todo belleza delicada y exquisita. Las más hermosas mujeres se le antojaban vulgares y despreciaba sus encantos, considerándolos ordinarios junto á los maravillosos de la invisible princesa. Niiíguna dicha podía igualar á la de ver á Briselda, y el noble Sedig pensaba que ni los dioses mismos eran merecedores de besarla una mano. Tal pasión se aquilató más y más durante el viaje. Conforme aproximábase su término, se refinaba el amor del paladín, quien desfallecía pensando en la vista de Briselda, á la que seguramente había de libertar, y si no paró su atención en cuanta dicha le guardaba el porvenir, fué porque ante tan deliciosa imagen se nublaban todas las luces de su inteligencia. Convo en sueños cruzó el canal. Sin duda el amor protegióle en su travesía, y distrajo á la urca, quien encarnizada contra los restos de una embarcación, no vio la del paladín hasta que éste desembarcó. Entonces el. cetáceo acudió resoplando ferozmente, embraveciendo las olas con su empuje, pero su furor fué inútil. Advertido de la presencia de un enemigo por el mugir de la urca, el dragón esperaba vigilante. Así vio Sedig cuando cernió sobre cl su vuelo moria En la coraza del héroe crepitaron las chispas y las llamas que goteaban de las fauces del monstruo, mientras un humo denso de. scendía en sofocante nube. Mas el Daladín no se arredró, v viendo á su enemigo