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03- endo á sn bija, la dulce reina Ictena lloraba, y las lágrimas goteaban sobre el brocado de su traje. Volvió los ojos implorantes á Harrar, pero éste, venciendo la ternura que ablandaba su corazón, contestó á la hermosa llriselda: Hoj- eres feliz, pero mañana puedes no serlo. Por tu bien quiero que no llores nunca; aspiro á convertir tu vida en una perpetua aurora. vSi mi deseo se realiza, la tristeza no ensombrecerá tu alma, ignorante de llantos y de dolores. La muerte será el rmico mal que te aceche. Mas tu vida habrá sido tan feliz, que cuando llegue la Inevitable, te entregarás á ella, confiando en la placidez de su dulce reposo. Pero para que mi anhelo se realice, precisa tu ausencia. Lejos de nosotros, esperarás tu dicha. Y sin atender los ruegos de Briselda, el rey dispuso el viaje d é l a princesa, á quien acompañaría hasta el ca. stillo lejano donde había de morar. La hermosa Briselda partió, despedida por el llanto de su madre. La princesa y el rey viajaban con el boato y suntuosidad requeridos por su jerarquía. Centenares de guerreros y pajes les acompañaban. Doncellas y camaristas seguían la litera de oro de la hermosa Briselda, cabalgando en piafantes hacaneas. Y cerrando la comitiva, asombraban á los pueblos los tres monstruosos seres que serían guardianes y defensores de la desterrada. Las gentes se amontonaban para verlos de cerca. Iban encerrados en tres distintas y maravillosas jaulas. Enormes planchas de tran. slucido ámbar formaban las paredes de la primera, y su rubia transparencia se ennegrecía on la masa colosal de una gigantesca urca que reposaba entre trozos de roca y desmelenadas algas. Aquel cetá: eo había sido cazado en los mares glaciales, y la multitud se aterrorizaba contemplando sus enormes aletas, su iiocico aplastado y bigotudo y los afilados colmillos que emergían de entre sus labios. La seg unda jaula era de bronce dorado. En uno de sus ángulos, y disimulándose entre torbellinos de humo, entreveíase la fantástica silueta de un flamígero dragón. De las fauces de la horrible bestia fluía perenne chorro de fuego, y al resplandor candente se adivinaban las triples garras, las alas dentadas, guarnecidas de ganchudas uñas, y el retorcido cuerpo de sierpe, que hacen del dragón una de las fieras más temibles. El horror causado por la vista de los dos ambulantes mon, struos se acrecía al contemplar el tercero. Este no dormitaba entre ovas ni ardía tras broncíneos barrotes. Su jaula, si así podía llamársela, no era sólida. Componíase de cintas de blanca seda, que se entrecruzaban simulando un enrejado. De aquellos frágiles muros pendían piedras fulgentes y purísimas perlas. Pero un detalle horrorizaba los ojos. En lo alto de la jaula, una guirnalda de corazones humanos, ensangrentados 3 palpitantes, enrojecía la albura de la seda. Y las madres prudentes, mostrando á sus hijos ya mozos aquellos tristes trofeos, les decían: ¿Veis esos corazones? Latieron en pechos jóvenes como los vuestros y sangre primaveral les hizo alentar. Sus dueños murieron al beso de ese ser monstruoso que os suplica con sus dulces ojos engañadores. No la miréis, es la ondina, el tercer guardián, el más terrible, de la princesa. Mas los labios melancólicos, el llamear esmeraldino de los ojos y el dulce abatimiento de las maños cruzadas de la ondina, quitaban fuerza á los consejos maternales, -muchos mancebos envidiaron á cuantos pagaron un beso de aquella boca con la pérdida del corazón. Causando igual asombro en todos los sitios por donde pasaban, llegaron la princesa, el rey y su séquito á orilla