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trazadas al estilo europeo. Pronto los ingenieros y empleados de la gigantescaobra fueron emplazando aquí y allá sus casitas de madera, chalets suizos, cottages ingleses y otros edificios que en aquel sitio parecían tan mal como el consabido par de pistolas colgado del Santo Cristo. Pero el caso es que la población crecía; luego se alzaron iglesias, hospitales, iioteles; se construyeron tiendas, cafés, un faro y un astillero. Con la tierra que se sacaba para abrir el canal, se afirmó y se terraplenó el suelo, se robó espacio al lago. La ciudad alegre, variada, pintoresca, se alzó dando ra mediterránea, que es propiamente europea; y otra, la cara africana, la que da al lago Mensaleh, en el cual verdean islas é islotes y pululan las barcas pescadoras. Detrás de esta segunda cara se adivinan y entrevén todas las grandezas del Egipto arcaico y venerable. Entre los fellahs, faquines y pescadorcillos que en torno al lago habitan, no es raro encontrar tipos de singular y sugestiva hermosura, magníficos restos de una gran raza, en otro tiempo ilustre, dominadora, idealista; quizás en muchos asuntos maestra de los griegos, nuestros padres espirituales. cara al Mediterráneo, presentan flancos al Canal. Las risueñas fachadas de las casas por el dia, y por la noche el faro, anuncian la existencia de una ciudad activa, industriosa, de población archimezclada y cosmopolita, cual la de todos estos puntos de afluencia de un gran pasaje marítimo. En Port- Said se oye hablar todos los idiomas del mundo; se ven desfilar individuos pertenecientes á todas las razas de la 4 tierra, y es verdaderamente exLI traño y singular que no exista f Ii ya toda una literatura relativa á los miles de lances raros, casos inauditos y estupendos encuen tros que allí deben de haber ocurrido en cuarenta años. Pero Port- Said tiene, como algunas personas, dos caras: una, la cate It i if A. i 7 1 f g s s Toda la trivialidad de la vida comercial é industrial europea y toda la insubstancialidad del cosí mopolitismo, que va invadiéndolo todo, nivelando trajes y tipos y reduciendo las aspiraciones y achicando los ideales, se echan de ver con sólo pasar de uno al otro lado de Port- Said, con sólo contemplar á cualquiera de los antiguos egipcios que con grave continente y digna andadura suelen mostrarse por allí vendiendo pescados ó conchas, y ofreciendo sus borriquillos de alquiler para ex cursiones ó sus barquitas para surcar el lago. Pasado Port- Said, los malecones del Canal van desarrollándose monótonos; luego viene el horrible mar Rojo, donde se verificó en tiempos bíblicos el milagro del paso de los israelitas. Ri