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us íeóos, qu calcaban aceradoson guanlekte huronearon au 5 a en la abierta herida, e revolvieron feroces dentro 5 e ella. ¡Dolor más acerbo que el de la muerle! us férreos artejos estaban helados. (Dientras desprraba mis fibras, decía en voces opacas y rudas los mándalos implacables de su Ley: la Ley del i infortunio que á todas las criaturas aflige... Cuando lie aquí que al contacto de aquellos dedos glaciales de hierro, sentí que me renacía un corazón entero, un corazón puro, un corazón altivo, un corazón sano. y he aquí ¡sí. eso era! que aquel corazón joven, aquel corazón bueno, aquel corazón noble, aquel nuevo corazón, bullendo en Cándido y divino fervor, se ponía á saltar y brincar en mi pecho, primeramente como el guácharo en el huevo, después como el jilguerillo en la jaula. temblé de alegría con el mismo temblor del miedo. Creí que estaba un poco borracho, dos pocos incrédulo, como hombre que divisa ó sueña visiones de otros mundos de dios. 61 caballero había vuelto á montar en su negro caballo, había repuesto la lan a en la cuja, había picado acicates, se alejaba al paso. fl poco tornó la cabe) a, me hi) o señas y me gritó: ¡Prudencia! Csto no sucede más que una ye en la vida ¡y basta! Una ve lina ve) tan sólo. y el eco de aquellas palabras resuena aún en mis oídos. i, j i r. V A i t. j I Csta es la leyenda que contó Pablo el pecador, Uerlaine el arrepentido. Do hay que o l v i d a r l a Cl corazón muerto no renace más que una ve) Una ve) tan sólo. t n.