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Y entonces subía con el esportón sobre el muslo, fatigosamente, erujiéndole las coj unturas que la Immedadiba maltratando, echando los bofes, pues á la vez que el pozo se hacía más hondo, él se hacía más viejo. -Necesito ese filón para descansar. Que está ahí oyendo la conversación? es cosa segura; -ya falta poco! ¡ya falta poco! Y volvía á sus proyectos de futura grandeza. Necesitaba comprar más tierras de labor j- e. tender su dominio en el monte: la ganadería no iba á vivir de frutos como los pájaros. El último invierno había aumentado la lista de los pobres: sesenta familias más entraban en el censo de la miseria. A él no se le escapaba ni una rata. Eran ya doscientas setenta y cinco familias pobres de toda pobreza las que había en el pueblo: luego, de mediopelo, otras doscientas, que vivían á huj- e que te alcanza. Viviendo al día, podía, sumarse otra porción igual, si no niaj- or; y con graves apuros de usura, de quintas, de enfermedades, de entierros, de accidentes desventurados, el resto casi de aquel vecindario, que no tenía fe, ni caridad, ni esperanza. Ricos, habría hasta seis, tirando por 16 largo; de modo que ya tenía tío Nicolás que hacer más uú- jueros que en un fitlato parj distribuir el beneficio y que á todos alcanzase. Era su preocupación. -Cuando dé ju eso, diré á los pobres de nacimiento: ¡Ea, zamacucos! aquí tenéis tierra, semillas, lierramientas, alimento mientras tanto, y lo que sea menester. A menear esos brazos y á sacar el pan del filón, como yo lo saqué antes. A los de medio pelo les daré prestado- -y ciuemaré los documentos sin que ellos lo sepan, -y á los señores del apuro accidental y del quiero y no puedo, les daré limosnas, buenas ¿eli? pero limosnas, á ver si crían vergüenza. Tengo que hacer seis escuelas por lo menos, en que se ga. ste más caudal que en mantener al pueblo, y todos los casucos que parecen majadas los he de tumbar para hacer casas limpias, alegres, con agua y con árboles. Al Gobierno le pagaré lo suyo, y que le parta un rayo. Encima ele la fuente de cuarenta caños que he de hacer en medio de la plaza, pondréis una loseta con este rótulo: cTío Nicolás dio con el filón. Ni más ni menos. Que no paséis de ahí, ni agreguéis esto ni lo otro, ó no entraréis más á coger nidos ni á mirar el pozo. Nosotros jurábamos que la loseta cjuedaría en su punto, sin añadir letra á la espartana inscripción, y con e. sto hacíamos mangas y capirotes de la finca y éramos los amos en los reinos mineral, vegetal y animal y en cuanto veían nuestros ojos. Un día, el pozo quedó mudo: los golpes del pico y los pasos del trabajador no resonaban. Un cabrero se asomó, y salió espantado, dando voces. Acudieron hombres de aquel contorno; bajaron, discutieron, se concertaron: pronto trajeron una cuerda y unos garfios, y á poco, enganchado- por la cintura, subió por última vez aquel tío Nicolás, muerto en el fondo del pozo de un súbito ataque cardíaco. Tendido sobre el fresal, á la vera de las vides que le rozaban la cara con sus pámpanos, tío Nicolás miraba al cielo con fijeza vidriosa, con dura terquedad de hombre convencido que sigue su ensueño más allá de la vida... Su boca abierta y desdentada seguía gritando en eKsilencio augusto: ¡Venid á mí, pobres, dolientes y desheredados! Yo reparto riciuezas como un pródigo: he trabajado durante años enteros para vosotros, para los que de vosotros vengan, para todos los humanos adoloridos que buscan en el fondo del biene. star un poco de justicia y en el fondo de la justicia un poco desplacer. Se llevaron aquella cosa rígida que había sido un hombre, y hablaron de hacer autopsia y de diligencias judiciales. Un humorista del lugar escribió con un pedazo de carbón en una de las tablas del pretil esta graciosa ocurrencia: Tío Nicolás dio con el filón. ¡Al fin descansa! ¡Pobre! Su almaprofética se había hecho el epitafio. JOSÉ NOGALES D I G U J O? DE M K X D E IIBIV