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A LÜegarálo alto d e l a l o i r a que baja luego hasta la Cañada de las aguasa, oíamos desde el camino el golpe acompasado, cada vez más hondo. Saltábamos alegremente el vallado de zarzamoras, y en el rellano plantado de fresas y algtmas vides tan retorcidas y viejas como su dueño, nos acercábamos al pozo con cierto temor del abismo. Con varales de pino y ramas entrecruzadas, bien soterradas de greda, había hecho el único trabajador de aquella hondura la rampa simétrica por donde bajaba y subía. Era una labor fatigosa de meses, de años... Primero, ahondaba con el pico ó la barrena; luego, subía el esportón sobre el muslo, por aquella rampa cimbreante, como hormiga que echa fuera su granito de tierra para agrandar el hormiguero. Todos conocían al viejo Nicolás y respetaban su tranquila locura. Kl compadecía á los demás, seguro de su razón y esperanzado en su dicha. Había sido rico, generoso, emprendedor: su casa de labor era famosa, sus negocios grandes y prósperos Tuvo hijos que dilapidaron su hacienda y murieron miserablemente. Viejo, viudo y pobre, acogióse á la mezquina finquilla, que como tabla en el naufragio le ofreció un a. sidero. De pronto, entróle al tío Nicolás una fiebre codiciosa. Aquel solitario tronco abandonado á la orilla de un camino, sintió la ansiedad de la riqueza, del vigor y el poderío; c uería que volviesen á brotar ramas, hojas y frutos, donde la prodigalidad anidase... ¿Cómo fué aquello? Unos dicen que soñó cierta noche con una enorme ríc ueza subterránea: otros- -y es lo más seguro- -afirman que caj ó por allí cierto pájaro de cuenta, buscaminas y buscalíos, que lé puso la cabeza ardiendo y le sacó al pobrete los últimos cuartos cj ue le c iiédaban. El caso es que para tío Nicolás quedó asentado como artículo de fe, que en su propia finca, á la vera del vallado, en aquel alegre rellano plantado de fresas y de vides, había de encontrar, á poco que ahondase, un ancho y prodigioso filón de rica plata. ¿Qué haría con todo aquel dineral inagotable? Ese era su secreto, c ue no comunicaba más que á los niños, á nosotros, que no nos importaban los filones mientras hubiera frutos sobre la tierra. Cien veces nos lo dijo. Primero, compraría el castañar que estaba delante, camino por medio, que iba á caer allá hacia la huerta de los frailes. Otro día compraría. los molinos que muelen con el manantial de la Cañada, único que da un buey de agua en cada borbotón. En seguida, el otro castañar ladera arriba, que llega hasta la cumbre donde está la ermita caída. Y los cerros vírgenes del azadón, que tan buenas cosechas ofrecen al guapo que los descuaje. Todo esto sin regatear un ochavo, á tocateja, para hacer la gran finca á peso de plata. Entonces diría á los ricos del pueblo: Vaya que son ustedes la más pobre gente que he conocido; en cuanto ven un talego deíplata se echan aballar; por dinero, baila el perro Y se lo diría así, sin quitar ni poner, á fin de hacerles rabiar un poco. ¿Es justo que se condenen? -nos preguntaba. -Sí, señor- -respondíamos echando un ojo á las uvas, á las higueras ó al fruto que hubiese, -Pues sabed- -añadía confidencialmente- -que yo haré de modo que no dé limosnas más que yo. Si por ahí piensan salvarse, buen chasco se llevan. Y cogiendo el esportón, descendía lentamente al pozo, hecho por él, ahondado por él, desaguado por él, en una labor de hormiga pacientísima que sabe que grano á grano se agranda el hormiguero. I legaba la época del celo y apedreábamos los castaños donde cuelgan sus nidos las oropéndolas; perseguíamos á los mirlos; las tórtolas no se libraban, y todo el animado reino de los aires se echaba á temblarjpor sus nidos recién hechos, por su prole cuidada con amor inconcebible. Asomados al tosco pretil de ramas, veíamos moverse en aquel agujero redondo la encorvada figura de tío Nicolás. Cavaba ó rellenaba el esportón ó añadía varales recios á la rampa. -Suba usted y le enseñamos los nidos. ¿Hay algún hombre? -preguntaba. -Ninguno. No tenga usted cuidado.