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Así estuvimos algunos meses; yo lleno de nianclias, sin que nadie me cuidara y liarte de las peloteras con mi tía, que no eran menores que las que Nemesia tenía con su madre; pero sucedió qu mi tía. tuvo la feliz ocurrencia de morirse, dejándome heredero de diecisiete duros que en una media -uardaba, los cuales, con la venta de los muebles, ya llegaron á veintitrés. Al verme rico fui á buscar á Nemesia; hicimos las paces; comimos y bebimos juntos después de tantos ayunos y pesares y d ¿sde entonces, en vez de ir yo á la taberna los lunes, llevábamos el vino á casa y celebrábamo. s nitestro banquete semanal, cantando y riendo unas veces, alborotando y regañando otras, pero sin podernos echar en cara el uno al otro nuestras demasías y locuras. Al día siguiente, ella se levantaba turbia y 3- 0 niiblado, y sin dirigirnos la palabra, Xeniesia cop ía sus trapos y yo mis botas, y entre mohínos y displicentes pasábamos la semana como hermanos, hasta volvíamos á divertirnos y á derrochar toda 1 Í macenada en el trabajo. ¿Me pregunta usted si quiero hoy día á la Nemesia? Me parece que sí, porque la otra noche soñé lo siguiente: Yo me había muerto, y los ángeles me llevaban al cielo en cuerpo y alma, aunque parezca mentira; á mi paso se abrieron anchas nubes, doradas por resplandores cele; tiales, y me encontré delante de niultitu 1 de mujeres tan hermosas, como nunca jama en vida las he visto; llevaban el pelo destrenzado; sus brazos, desnudos, eran perfectos y alabastrinos; sus rostros, angélicos; sus formas, que se delataban bajo sus túnicas, rebosantes de belleza. Aquellas m u j e r e s me producían verdadero arrobamiento; todas solicitaban mi atención; sus miradas me atraían y me enajenaban, y la sonrisa de sus labios era tan dulce y amante, que me embebecía, robándome el sentido y la voluntad. Cuando iba á dirigirme á una da aquellas hermosuras, la que me pareció más extraordinaria, descubrí á la pobre Nemesia, más fea que nunca, con las greñas hacia los ojos y el delantal mugriento, pero con una expresión en su fisonomía de tristeza tan grande y pena tan profunda, que al ver resbalar por sus mejillas dos lágri 3 nas, me aproximé hacia ella, apartando con despego á todas las bellezas celestiales, 3- le dije: -Mujer, ¿qué tienes? Entonces desperté, y viendo á Nemesia que á mi lado dormía con la boca abierta, no piide por menos de T- exclamar: -La verdad es que quiero yo á esta burra, y tengo para mí que haría en la tierra lo mismo qvx hice en el cielo. Quedé pensativo, reflexionando sobre la historia de aquel desdichado, y vi confirmadas en ella mis opiniones sobre el amor, el cual se inicia por un instinto material, por un impulso del sexo; se establece por el hábito y la comodidad, y se consolida con la armonía de las costumbres, de los sentimientos y de la educación, despertando en nosotros un imán irresistible hacia el objeto amado, que no puede ser su. stituido por ningún otro. H amor es como las plantas, que en un principio arraigan donde cae la semilla, y después, con la permanencia y el tiempo, nacen las flores y los fruto. s, que son el amor positivo y verdadero. fcir, rjoe DE ESIEVAX R. FAnJ. TOPc- ROME