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EL TRATO ENGENDRA EL CARINO 1 A casualidad me puso en relaciones con el Sr. Ramón y la Sra. Nemesia, su digna esposa; ambos, á mi ver, los seres más vulgares é insignificantes de cuantos lie visto en mi vida. Era el Sr. Ramón bajo, regordete, mofletudo, con la nariz á manera de tomate, el bigote canoso, en forma de cepillo, y los ojos sin pestañas, entre nublados y lluviosos; sería hombre de cincuenta y dos años, de los cuales la mayor parte dedicó al oficio de zapatero y los pasó acurrucado en nn cliiribitil donde tenía lo que él llamaba su cstahlccimi -i: to. Su mujer era otro tomo en rústica de la misma edición; ni más alta, ni más baja, pero tan fea como su marido, con la diferencia de cpie las líneas curvas j atocinadas del Sr. Ramón eran más enérgicas que las ya flácidas y desdibujadas de su esposa, la cual, al lado de él, parecía la fruta pasada junto á la fruta madura. Desde que les vi ju. ntos, me pregunté: ¿Se amarán? ¿lis posible que entre seres tan desgarbados y zafios exiísta el amor? Y suponiendo que se amen, ese afecto que les una ¿será de la misma naturaleza que el que enlaza á seres más perfectos y delicados? Por saciar esta curiosidad que pudiera llamar psicológica, busqué mil pretextos para trabar relaciones con el Sr. Ramón, y al cabo de algunos días de trato y á favor de algunas copas de vino, el pobre hombre me puso de manifestó sus más recónditas intimidades en la siguiente forma: -Hace más de treinta años que estoj- casado con la Nemesia; ella nunca ha sido bonita, pero sí graciosa, y la carne, que es la gala de los huesos, cuando era joven la tenía repartida por el cuerpo con tentadora discreción... No se ría usted; á mí siempre me han gustado las gordas. Además, yo vivía con una fía, hermana de ini- padre, que me daba muy mal trato y se quedaba con parte de mi jornal; la única persona c ue se mostraba para mí cariñosa era Nemesia; y como yo frecuentaba la amistad de muy pocas nrnjeres, me pareció que ninguna j odía competir con ella; y en fin, todas estas cosas que digo y otras cpie callo, me fueron conduciendo hacia la Vicaría, donde llegué con gran contentamiento de haber llegado. Pasada la luna de miel, me convencí de que no estaba muy enamorado; me aburría de verme siem. pre con Nemesia, y me abrumaba la pesadumbre de mi costilla. La idea de no poderme casar otra vez. me llenaba de tristeza; me parecía que ya había llegado al fin de la vida, por lo cual me iba á la taberna los lunes, y volvía por la noche á mi casa más alegre de lo que á la Nemesia convenía. Llenábame ella de insultos; respondíale yo como amo y señor; faltábame de nuevo, y cogiendo yo una tranca, entre la borrachera, la tranca, Nemesia y 3- 0 promovíamos tal estrépito, que dábamos con nuestros cuerpos en la prevención ó en la calle. Atravesamos una borrasca muy grande; me quedé sin trabajo, porque me despidieron del taller; nos faltaba dinero; se me avinagró el genio, y entre el vinagre del genio y el tufo del vino, pasábamos el día vcndimiándovoz el uno al otro; de tal manera, que resolvimos separarnos, y ella se fué con su madre j 3 0 con mi tía.