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SAM P L Á C I D O JWI ADRiDj pueblo feo, prosaico y cada vez más positivista, parece tener especial complacencia en hacer que desaparezcan y liuyan de él las pocas tradiciones románticas que sus rincones viejos albergaban: y uno de estos rincones era el melancólico y triste convento de San Pacido, del que recientemente se trasladaron las monjas, llevando consigo un hermoso cuadro de Claudio Coello y el recuerdo de las leyendas ó historias (cosa no bien averiguada todavía) que al convento hacen referencia. Leyenda y de las más románticas parece la fundación del convento, realizada en Noviembre de 1623 por Doña Teresa Valle de la Cerda, noble, rica y hermosa doncella de diecinueve años, quien prometida por sus padres á un cierto D. Jerónimo, linajudo y poderoso caballero aragonés, y ya concertada la boda con él, recogió su palabra, sin que hasta ahora haya logrado saberse por qué motivo, y resolvió dedicarse á la vida claustra dedicando á la fundación del convento sus cuantiosos bienes dótales. Y lo más curioso del caso fué que el cuitado novio, en vez de enfurecerse y desazonarse y hacer del loco, del sandio y del desesperado, tomó el cristiano y filosófico partido de coadyuvar á la piadosa obra de su fru. strada prometida, consagrando á dicha fundación también una buena parte de su caudal, y siendo, por tanto, nombrado patrono de la comunidad, cuyas religiosas, naturalmenICXIICRIOR I KL CONVENTO KL PATIO D E LA FDENTR FOTS. GONZALO S U I Z te, eligieron priora á doña Teresfi Don Jerónimo se fué á vivir a l a redacción de El Pan, quiere decirse, á la casa que hoy ocupan los talleres y oficinas del batallador colega republicano, ¡vean ustedes lo que son las cosas! y en aquella mansión solían reunirse los pájaros más gordos de la corte, el Condeduque de Olivares y hasta D. Felipe IV. A poco, la comunidad entera dio señas evidentes de hallarse poseída por los demonios, y el que todo lo añasca se arregló de tal suerte, que el santo tribunal de la Inquisición hizo bonitamente trasladar á la piadosa doña Teresa con toda la comunidad, incluso el confesor de las monjas fray Francisco García Calderón, á la cárcel de Toledo, en donde el fraile, sujeto á cuestión de tormento, reveló no pocas diabluras, por las que fué condenado á reclusión perpetua, ayuno á pan y agua, disciplinas circulares y otras varias molestias. Para que las monjas fuesen perdonadas ó indultadas, medió la poderosa influencia de Olivares y demás amigos que se reunían en El País, y todo hubiera quedado tranquilo á no inflamarse el rey en viva y súbita pasión por una Sor Margarita, quien, según otra leyenda más vulgar, se vio obligada á hacerse la muerta, colocándose en un ataúd entre cuatro cirios, para desengañar de su sacrilego afecto al monarca, motivo por el cual éste regaló á la comunidad un reloj de torre que doblaba á muerto cada cuarto de hora, y que debe de haber desaparecido, con gran contentamiento de los vecinos de aquellas calles.