Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Llegó un momento en que Lucas difícilmente pudo contenerse. L na dama lujosimente portada fué á orar al lado suyo; cayó de hinojos, juntó ambas manos sobre el pecho, elevó la mirada ¡lasla la iniag- en vecina... El criminal no apartó su vista de la desconocida. Estaban soles, aislados, nadie podía enterarse de lo que él hiciese... Pero cuando iba á salvar la breve distancia c ue les separaba, Lucas se detuvo: algo inexplicable clavó sus pies en el suelo. La dama, transcurrido un momento, santiguóse y se alejó. El pecador siguió inmóvil, sin poder moverse del lugar que ocupaba. -Soy un cobarde, un mandria; mere co morirme de hambre, -fué lo único que acertó á pensar, á la vez que una oleada de cólera le invadía la cabeza. Mas, á tal punto, operóse en el alma del cuitado la mayor de las mudanzas. Su pecho sintióse inundado de alegría; sus ojos elevaron una mirada de gratitud hacia lo alto... A corta distancia, allí donde la dama estuvo orando momentos antes, en el suelo brilló algo como un diamante... Lucas no vaciló: aquello era su salvación, su ventura, el hambre satisfecha, la tranquilidad de su espíritu, acaso una nueva vida... Inclinóse y tomó lo que brillaba: era un magnífico pendiente, un grueso brillante d e t a lladas facetas... ¡una fortuna! Y no bien se cercioró de que no se equivocaba, apresuróse á abandonar el templo. Lucas se sintió transformado; ya era rico; ya podía vivir sin remordimientos ni vergüenza; ya le era dado comer sia que le llevaran á la cárcel... -Le venderé- -decidió, -y con su importe podré salvarme de la miseria y lucliar de nuevo. Indudablemente, la tranquilidad de la conciencia vale tanto como la vida. Y ya en la calle, á p o cos pasos de la fonda, no nidiendo hacerse superior á la tentación, Lucas tornó á examinar la alhííja. Vaya si es de ley ¡Diamante, y q u e b i e n valdrá sus mil pesetas. ¡Ay, caballero! -exclamó una dama al lado d e 1 hambriento. -E s e) endiente es mío: acabo de perderle en la capilla de la d e r e c h a de esa iglesia, ahora mismo. Lucas quedóse mudo, íitónito, aturdido, como si liubieran descargado soi. re su cabeza tina maza, ¡No lo dude usted! -siguió la desconocida. -J- ls mío; compañero de c; te pendiente que llevo uesto: véalo y se convencerá. Una sonrisa como una mueca de dolor y de rabia fué todo lo que se reflejó en el semblante del mísero. ¡Tenga usted, tenga Usted! -exclamó por fin. -Y o no quiero nada que no sea mío. Entregó el adorno y no p u d o contener una lágrima. -Pero sepa usted, señora- -añadió l u e g o -que el ser honrado me va á co, star la vida, por ue me... rae muero de 5 hambre. I a dama envolvióle en una mirada escudriñadora, sonrió desdeñosamente, y sacando de su elegante portamonedas un billete de á veinticinco pesetas, alargósele á Lucas y se alejó. El famélico siguióla con la vist; i hasta que desapareció la dueña de la alhaja; guardóse el billete, lanzó un prolongado suspiro, y m u r m u r a con acento indefinible: ¿Qué es peor: robar ó cometer una indignidad como la que acabo de hacer poniendo precio á mi honradez de toda la vida? ¿Qué es peor? é niRTMOS DE E. F. SrE A PKDRO J. S O L A S