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EL ONCENO NO ESTORBAR ENXE á pasar tina temporadita en nuestra compañía. Ya sa bes que nos sobra casa y que h a y camas para todos. Anímate y tráete á Enriqueta y á las niñas, que (esto las sentará muy bien. H a y muy buena leche; el agua es riquísima, y compramos, asómbrate, langostas por cincuenta céntimos. Rosario, que viene en este momento de casa del regi. strador de la propiedad, que es un buen amigo nuestro, me dice que si no venís, no os vuelve á hablar en toda su vida. Escríbeme si te decides, para mandar á Gabriel que baje con caballerías á. la estación. Tuyo, Pascual. Como Enriqueta tenía la buena costumbre de abrir todas las cartas dirigidas á su marido, por si daba en ellas con algún matute amoroso, cuando éste llegó de la oficina pidiendo la sopa desde la escalera, mientras soplaba fuertemente en el descansillo, le salió al encuentro para decirle: Ahí tienes sobre tu mesa una carta de Pascvtal en la que te dice que nos vayamos al pueblo á pasar una temporada. Ya ves que no tienes más remedio que aceptar, porque le debes muchos favores. Y o escribiré la carta y tú la echarás cuando salgas. A. nadie más c ue á t i te convienen unos días de campo, y eso que también las niñas lo necesitan como el comer. Yo no te lo he querido decir, porque no t e pusieras en cuidado, ¡pero mírate al espejo y. verás qué ojerosa estás! -además, de noche tii no te ves, pero empiezas á dar saltos en la cama y traes un trajín, que me destapas toda y me das unos su, stos... ¡Cómo te habrás quedado, que los cuellos del treinta y ocho que el año pasado te estaban reventando, hoy te cabe un dedo por ellos! ¡Y es que trabajas más de lo que debes! Y Cesáreo no pudo por menos de mirarse al espejo y de palparse los carrillos, asintiendo en un todo á lo dicho por su mujer. Enriqueta dispuso el viaje inmediatamente. Cesáreo, que además de marido estaba para los recados, fué á la Central á enterarse de la, hora, á que salían los trenes; á La Moda Elegante, gg. ra. que enviasen el periódico al pueblo; á comprar imaforma de sombi ero de paja para su mujer, y á otra porción de encargos. Como el pobre Cesáreo no estaba hecho ni preparado para el más insignificante acontecimiento que rompiese la monotonía de su vida, cuando llegaron á la estación, al pagar al cochei o se le caj eron al suelo tres pesetas, que no volvió á ver; le cnlocaron en la vuelta dos monedas falsas, y después de arrimai se á la cola para que le despacharan los billetes, resultó, á la hora de esperar, que aquélla no era su ventanilla y que tenía que ir á otra parte. Alarmados al verle, de todos los vagones le rechazaban, y el buen Cesáreo, resignadamente, se volvía á su esposa para decirla: ¡Ya ves, no es. posible! ¡No hay sitio; esperaremos á otro tren! ¡Después de todo, lo mismo nos da llegar dos días más tarde! Pero má. s decidida su esposa, tomando las niñas en brazos, se sepultó entre dos viajeros, mientras Cesáreo, dirigiendo miradas cariñosas, sonreía á los compañeros de- viaje graciosamente. Arrancó el tren, y ante el brusco movimiento de los coches, Cesáreo, que estaba colocando algunos bultos en la rejilla, vino á caer sobre una señora que padecía. reuma articular, y que puso el grito, si no en el cielo, por lo menos en el vagón. Cesáreo, gracias á un señor amable de é. stos que cuando viajan ofrecen de todo, no se cayó á la vía al asomarse estando la portezuela abierta. Pero en fin, después de algunasjperipecias, llegaron sanos y salvos á Zarzarroja, donde estaba Gabriel esperando con las caballerías. Cesáreo stibió en un burro, que al verlo sobre sí empezó á brincar, con gran sorpresa de nuestro héroe, que no creía que un burro fuese capaz de alterar el stahí quo de su jinete, y Enriqueta se encaramó dando gritos. sobre una muía aderezada con jamugas, llevando las niñas delante. En la mitad de la carretera esperaban con los brazos abiertos Pascual y su señora, que de- spués de u n a buena porción de abrazos y de besos, se unieron á la comitiva. Cuando llegaron á la casa, Cesáreo se sintió feliz, en tanto que su mujer daba un vistazo á todas las habitaciones, y, según su costumbre, empezó á encontrarlo todo mal é inferior á su categoría. Mira, le dijo á su esposo en un aparte, bien podían habernos dado á nosotros la cama de matrimonio que tienen en la alcoba, y no dos catres unidos, que son una indecencia. A los forasteros hay que ponerles lo mejor. Y D. Cesáreo, que iba á pasar tranquilo una temporada, desde el primer día fué víctima de las intemperancias de su mujer, que todo era hacerle observaciones sobre si en la mesa hacían mejor parte á s u amigo que á él, y sobre otras mil cosas. Así, le decía Pínriqueta á su marido: I3 esengáñate, Cesáreo: ¡como en casa de mío, nadie! Prefiero vivir en una buhardilla á vivir en compañía de quien no tiene educación; ¡todo se lo echan á una en cara! Y tanto peleó, y tanto le fué con murmuraciones al oído, que Cesáreo y Pascual, dos amigos íntimos de toda la vida, acabaron por regañar j ara siempre, jurando no volver á hablarse. Y efectivamente, en la oficina, trabajando en el mismo despacho, colocaron un biombo entre sus dos mesas en clase de ai. slador. L U I S G. IBAEDÓN