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Ivl niño le blandeaba en los brazos. i n e r t e troncliado, roto, jácome conocía bien las formas que a d o p t a la muerte... Soltó el caááver, alzó los ojos atónitos, sin llanto, al cielo, que consentía aquella iniquidad... Después, sobre el padre que sufría se destacó el hombre de lucha, pronto á la. acometida y á la emboscada, vengativo, feroz. CeiTÓ los puños y amenazó en la dirección que llevaba el coche ie Judas ¡No se reirá don Roberto! ¡Se lo prometo yo... i; i va á Paramelle... Allí no duerme... ¡Volverá! Alzó otra vez á Sendiño, y con infinita delicadeza le tran. sportó á lo más oculto del pinar, depositándole sobre nn lecho de ramalla seca. Cerca del muerto colocó la carabina, y la liebre muerta, polvorienta, ¡v e n g a d a ella también! Volvió á la ca rretera, y recorrió un largo trecho estudiando el s i t i o f apropósito para su intento. i Una revuelta violenta se lo ofreció. Ni de encargo. A derecha é izquierda, árboles a ñ o s o s avanzaban sus ramas sobre el camino, como brazos fuertes que se brindasen á secundar á Mameg- ura. El extrajo del bolsillo el rollo de alambre, desenro lló un trozo, midió, cortó con su navaja, retorció uno de los extremos, calculó alturas, lo afianzó á una rama sólidamente, ensayó la resistencia, y pasando al otro lado, probó ¡si había rama que permitiese tender el hilo metálico recto al través del i? camino. Mientras practicaba estas operaciones, atendía, no fuera que pasase alguien y le viese. Nadie: la carretera. desierta; por allí sólo se iba á Sandias y al pazo precaución, sin embargo, Jácome del alambre. Tiempo tenía. Con en el pequeño resalte de- la cunet aguardando. Dos veces saltó y se sí untes, gente de á caballo un cura, tma pareja á estilo de Portugal, hombre y mujer sobre una misma yegua, apretados, contentos. La tarde caía, el rocío enfriaba y escarchaba la hierba, enmudecían los pá. jaros ó piaban débilriiente. Un sordo trueno, lejano, llenó con su mate redoblar el oído del contrabandista. Ágil, con la recisión de movimientos del impulsivo, se incorporó, amarró firme el otro cabo á la rama, y se agachó entre el brabádigo espeso. Si se descuida, ¡careta! El trueno ya se venía encima, resollante, amenazador. ¡Taaf! Mansegura vio distintamente, un segundo, al señorito, su gorra blanca, su rostro guapo, desfigurado por las anteojeras negras... ¡Ahora! pensó. Él rostro guapo se tambaleó violentamente, como cabeza de muñeco que se- desencola; iin, alarido se ahogó en la catarata de sangre... Fué instantáneo; el automóvil, loco y sin guía, COITÍÓ á despeñarse por la pendiente, arrastrando á su dueño, á ¡uien el alambre había degollado con la misma prontitud y limpieza que pudiera la mejor navaja de barbería... Y Mansrg- ura, después de cerciorarse de que el señorito quedaba bien amañado se entró en el pinar, recobró su escopeta, echó una mirada de dolor y deitriunfo á Sendiño, que parecía dormir, y dejando el camino real, se perdió en los montes, por atajos de él conocidos, en dirección de la frontera i! or uguesa. EJIILIA PARDO BAZÁN 0 4: í 4 r u i U J O S DE MÉNDEZ ÜPaXGA.